jueves 12 de enero de 2012


A quién pretendo engañar? A mi mismo

Achicoria, mi más dulce reposo. Rezumar toda polución. Ya está asimilada. Sólo queda dejarla escapar. Déjala correr. Déjate. Y entonces sólo quedará luz para llenar el espacio vacío, antes repleto de humo. El humo no la deja escapar, la quieres para ti. Ese no es el camino... Déjala marchar, que tu luz ilumine a otros, y entonces tu serás parte de la corriente, no tendrás nada a lo que agarrarte, tus pies se elevan, y sólo queda descansar mientras la naturaleza te lleva poco a poco a la superficie, y navegas, sin rumbo, náufrago en un mar quieto. Quiero. No hay querer. El querer te pesa y te lleva al fondo. A la putrefacción. Deja que el humo escape.
Sé chimenea
Sé caudal de río
Sé amor
Sé lluvia
Lluvia que limpia
Lluvia fértil
Lluvia dormida

martes 25 de octubre de 2011

Transmutación.

Vamos a hacerlo fácil. No perdón. Vamos a hacerlo difícil. Porque algo me dice que el resultado siempre será mejor. Pongamos una cárcel. No es fácil salir de una cárcel. De esta desde luego es imposible. Porque mi cárcel es el cuerpo.

Estoy rodeado de gente. Luz amarilla. Todos van bien vestidos. Yo voy bien vestido, pero no todavía no sé por qué. Empiezo a notar un peso en el hombro, y entre mis manos. Ahora comprendo. He despertado músico, y toco la viola. Estoy en un concierto. Pero a ver si nos entendemos, yo no sé tocar la viola, sólo he despertado como el que debería estar tocando en estos momentos, y me quedo quieto, hay más violas que pueden hacer mi trabajo. Sin embargo no puedo razonar bien y pretendo rasgar las cuerdas, quién sabe, quizás pueda tocar después de todo, quizás lo haga bien y me vitoreen al final. Pero al rozar con el arco las cuerdas sueltan un chirrido abrumante, ensordecedor. Tanto que se hace el silencio en la sala. Vamos, largo, nunca se te dio bien la música. El arco se hace pequeñito. Está bien, ya me voy.

Siempre soñé con trasmutaciones, es decir, que yo en el sueño me trasmuto en otra persona. Esta noche sentí pánico al pensar que me iba a quedar en esa otra persona para siempre. Se supone que habíamos llegado a un acuerdo de una noche, pero el otro chico quería conservar mi cuerpo porque a Lara le gustaba. Fíjate tu, por el capricho de una mujer estuvo a punto de arruinarme la vida. Al final le convencí de lo contrario, claro. Que le gustaban mis labios, decía. En fin. Luego pasó lo del músico, pero se resolvió pronto. Hoy no sé en qué me convertiré. Quizás en domador de leones. Siempre quise ese trabajo. Es mucho más fácil de lo que parece, sólo hay que darles lo que ellos quieren, cuando ellos quieren, más un pedacito de droga, claro.

Yo sólo soy el que recoge las cáscaras de cacahuetes de debajo de los asientos, también me encargo de las pelusas y chicles usados, y más cosas por el estilo. Pero me gusta la idea de deambular de ciudad en ciudad, sin nada conocido, todo por conocer.

A quién pretendo engañar, no soy vagabundo. Solo me aburro en el sillón de mi casa, día tras día, porque he decidido ser antisociable.

jueves 20 de octubre de 2011

Nada funciona. Nada parece funcionar. Debe de ser que estoy en una de esas etapas en las que nada se puede hacer. Más que esperar. Esperar la condena. No, esperar a que pase la condena. Sólo quería acceder a Internet. Estoy en un pub, yo sólo con mi ordenador, intentando ordeñar un poco de Internet. Yo creo que no puedo escribir. Quizás después de haber interiorizado al innombrable pueda escribir. De hecho escribo, pero no sé si con el ritmo adecuado. Es mal presagio, porque si de verdad tengo el ritmo, me va a costar mucho desembarazarme de él mañana, cuando me toque estudiar las álgebras no conmutativas. Suena a misterio y extraño, por lo menos para mí, pero es demasiado básico como para poder chupar algún jugo dulce. Todos los jugos son amargos, o ácidos, pero demasiado ácidos como para poder disfrutarlos, como cuando disrutas el zumo de la naranja, o del limón para los finos de paladar. Ahora se supone que me toca aguantar. Yo sólo quería un descansito, quizás bajarme alguna película. Siempre he podido conseguir Internet aquí, pero hoy no me toca. Hoy no debía haber salido de mi madriguera, y por eso no puedo ordeñar maná, Internet, el acceso al conocimiento. Sólo una peliculilla para despistar mi soledad. Nada. Ni eso se me permite. Esto es lo más antiliterario que te puedas encontrar, y claro, aquí estoy, intentando hacer literatura sin conseguirlo, sin conseguir aportar ni tan sólo un gramo a los estantes de la novela, grandes estantes llenos de libros pesados, amarillos o marrones ya, acartonados y llenos de polvo, telarañas. En fin, por lo menos la gente se despista. Hago que la gente se confunda al verme. Éste se supone un lugar idóneo para tomarte una pinta y relajarte después del trabajo, y eso es exactamente lo que es, nada más, nada que se aleje de la norma. Excepto yo esta noche, un niño con un portátil y una cerveza, escribiendo, dando vueltas al bar en busca de la ansiada señal wifi o guaifai como la llaman por aquí. Es curioso que guaifai se parezca un poco a Gadafi, que hoy ha muerto. También murió Sancho hace unos días, y de eso nadie se percata. Y menos los encorbatados que se reúnen en el pub, aposentando sus trajeados culos en el algodón de los asientos de madera, asientos de nobleza. Pero hoy se llevan una pequeña espina clavada en lo más recóndito de su pie, del pie de su subsconciente me refiero, porque me han visto, como decía, un niño deambulante, bueno no tan niño, pero sí a sus ojos, todavía tengo que presentar mi DNI para acreditar que tengo veintiuno, y tendré que hacerlo durante unos años más, si las cuentas no me fallan. En fin, ven a un niño aporreando teclas. Bueno la verdad es que las teclas de mi portátil son bastante sensibles y no necesitan demasiado aporreo, pero me gusta ser nostalgioso, nostalgia de un pasado que no me corresponde, y me gusta pensar en mi ordenador como en una máquina de escribir, de las de antes. La disposición de las páginas de Word me dejan fantasear. Pues como decía yo no debería estar aquí. Debería estar en un pub de estudiantes, hablando de cosas de estudiantes, de las clases, no de las clases no, supongo que hablan de chicas, sí, y de las cogorzas que se han cogido, o que se cogen, o se cogerán. No sé, la verdad es que no me improta demasiado lo que hablen, por eso estoy aquí mascullando la soledad, ahorrando tiempo, tomándome un pequeño descanso en este pub antes de volver a mi cueva, donde estaré más solo, ya no tendré voces a mi alrededor que me justifiquen, no tendré miradas que perturbar más que la mía, que es bastante sensible, pero no le afectan tanto los asuntos internos, o le afectan, pero prefiere mirar para otro lado, por miedo quizás. Por miedo a no sé muy bien qué, al autocastigo que me impongo día tras día, debe ser. Será porque sueño con pasadizos demasiado estrechos que no puedo sortear, será que no nací con suficiente hueco, que no debía haber nacido y sólo soy un feto deambulante, con la bula de hacer lo que quiera. Pero esta idea no es la mía, se la he robado a otro, así que vamos a dejarlo. Perturbando miradas. Sí. Quizás sea porque donde debiera estar es en mi cueva, mi caverna, ¿o esto ya lo he dicho? No sé, no importa decirlo otra vez. Sólo he deformado la realidad, o eso quiero creer. Quizás mi tarea consista en escribir estas líneas. Pronto lo comprobaré, porque cuando se hace algo que tiene que ver con el curso de la naturaleza, y no con entorpecer ese curso por pereza, pura pereza, entonces uno se siente bien. Se siente bien por dentro, y por fuera tan bien. Me pregunto si mi cerveza todavía tendrá gas, si merecerá la pena beber más. Sí. Tiene gas y Gadafi ha muerto, o eso ponía en la tele cuando he levantado la cabeza para dejar pasar el alcohol camuflado en sabor a cebada fermentada, cebada o cualquier otro cereal, no importa, lo que ahora de verdad importa es entretener el tiempo. Tenemos dos salidas. Entretener el tiempo, o pararlo. Nunca se sabe parar a tiempo, o quizás el preciso momento en que pares, aunque sea artificial, sea el momento adecuado, el escrito. El destino. Como si el destino fuera inamovible, y qué si lo es. Que si lo es y no detenemos el tiempo, estamos jodidos. Entonces estamos condenados a entretener. Da igual dejarse entretener, entretener a otros, de forma más activa, más pasiva. Siempre es para autoentretenerse, entretener lo que nos queda de vida. Entretener nuestra cabeza para dejar de lado las grandes cuestiones que nos pesan demasiado, que nos vuelven graves y pensativos, que quizás nos salven, o quizás no y estemos igual de jodidos. Pues yo sólo quiero entretener, pero de otra forma quizás, entretener estirando, deformando, esta idea ya la tengo muy manida, deformando el cerebro, estirándolo en una mesa con un rodillo de amasar para poder hacer los cortes más precisos. En fin, da igual. Ya he cabalgado sobre esta idea lo suficiente y creo que no lleva a nada. Creo que lo de cabalgarse al cerebro, querer cambio, aventura, decepción, desilusión a cambio de esperanza de nuevas ilusiones, todo eso está jodido, también, y no es otra cosa que entretener. Entretenerse hasta el momento final. Masquemos esta palabra. Qué es lo que nos mantiene vivos, la razón por la que no paramos todo de repente, acto discutible pero por mucho que discutamos nunca sabremos llegar a ninguna conclusión. Lo que nos mantiene vivos es la confusión. La confusión en nuestras cabezas. Al tigre no le mantiene vivo esto, sino la supervivencia, cosa bien diferente. El tigre retoza todas las tardes, horas tumbado sin hacer nada, no tiene la conciencia desarrollada, y eso le permite desprenderse de sentimientos, no desprenderse no, no es la palabra, nosotros somos los que nos desprendemos de la realidad desde el primer gruñido abstracto. A partir de ese momento, estamos jodidos. A entretenerse tocan. El tigre, como decía, no necesita películas ni Internet. Se tiene a él mismo, su libertad, lo que es la verdadera libertad, que sólo se tiene cuando nunca se ha abstraido el concepto libertad. Entérate, tú ya has abstraido de una forma otra. Así que entretente. Entretente para no caer en el concepto de muerte. También está la meditación, ese intento de imitar al tigre, pero me temo que sólo dure unos instantes, por lo menos para mí, quizás con práctica… Pero tengo una lengua materna, que me arropa todas las noches, y es muy difícil desembarazarse de las cosas maternas, porque tienen raices profundas, así que sólo queda entretener el tiempo con justificaciones, justificaciones para vivir más, curiosidad, sueños, ilusiones. La rutina también vale, deja pasar el tiempo como si de pronto nos metiéramos en un túnel de hipervelocidad. Para aquellos que saben soportar la hipervelocidad vale también. No se diferencian mucho de los que prefieren un instante y acabar, pum, pastillas, revólver, por eso del romanticismo, da igual. En el fondo creo que la tristeza es un intento de desentretener. Esa búsqueda del cambio, quizás del progreso, pero no nos engañemos, sólo hay sufrimiento, sólo es un intento de estirar el tiempo, como al cerebro, para diseccionarlo y chupar su Internet, hasta que no le quede jugo. No puedo pasar al siguiente párrafo. Nos engañamos con que hay progreso, quizás lo haya, no lo sé. Sólo sé que el progreso no es esto, y que por momentos me arrepiento de estirar el tiempo, pero no lo puedo devolver a su forma original, no es elástico, así que engaño a mi cuerpo con una cerveza. El tren de la rutina no es para mí. Menos la instantaneidad del suicidio. Me quedo con estirar y estirar, dejar deudas por pagar para tener tiempo de devolver. En el fondo siempre me arrepiento, pero sigo. Desde pequeño me enseñaron que el héroe de las historietas siempre tenia un momento desesperado, momento en el que todos le dicen que lo mejor será tirar la toalla, y él por un momento se lo cree, pero sigue, porque ya todo da igual. Ha aceptado desaparecer, algo así como eliminar el ego, pero esta idea ya está muy cabalgada, parece una puta, así que no la incluimos. En fin, cuando el héroe parece perdido, la situación comienza a resolverse milagrosamente, y al final acaba con la chica, halagos de todos, le invitan en los bares, le conocen, que es más importante ( no como a mi que me lanzan miradas perturbadas). En fin, ¿por qué a mi no me pasa esto?, con lo mucho que sufro sin mi Internet, sólo hay que ver la de palabras que escupo contra el blanco, la cantidad de palabras, más cuanta más soledad acumulada. Será que todavía no he tocado fondo, y me da vértigo, y yo sólo quería un descanso en el desfiladero en forma de película. Pero al parecer ya he agotado todos los descansos, y me he demorado demasiado, y tengo que seguir cayendo. En fin, vuelvo a mi cueva, para cumplir con lo previsto.

jueves 28 de abril de 2011

Hoy he visto a un niño cometer un acto poético.
El patio que se ve desde mi casa está adoquinado por completo excepto por dos huecos cuadrados, futuros emplazamientos de sendos árboles que nunca llegan, no hay agua suficiente, o no hay Sol, o simplemente todavía no les ha dado tiempo a los funcionarios del ayuntamiento a plantar sendas semillas. Al niño poco le importaba todo esto. Él necesitaba nutrir los dos huecos, los dos vacíos que todo hombre debe soportar irremisiblemente, esto es, el de antes de nacer y el de la muerte; así que no dejaba de recoger puñados de arena en un montón cercano, uno en cada mano, y como si de un ritual de iniciación se tratase depositaba con sumo respeto un puñado en un hueco y otro en el siguiente. No contento con eso, obligaba a su padre - un hombre de espalda ancha y tripa embutida en un polo azul celeste, que disimulaba su torso peludo y simiesco- a efectuar el ritual en compañía.
-Contigo papa.
Su padre no comprendía nada de todo aquello y se limitaba a obedecer al chico, no por complacerle si no porque algo le decía que su hijo necesitaba de todo aquello, que en ese momento su intuición brillaba por su ausencia pero que se dejara hacer. Y así lo hizo. La figura paterna, la simiente, el referente más cercano de aquél chiquillo sensible le ayudó a dar un paso más fuera del feto, a deformarse como humano, esto es, equilibrar la idea de la nada, nuestras dos nadas, y ahondar en ellas, fertilizar la tierra para que en la madurez dos árboles nos guíen y nos den su apoyo, pues nosotros dormitamos en los adoquines amarillos, entre medias, y estos adoquines se calientan con la fuerza del sol y nos queman los pies, y esta quemazón es buena para darnos el empujón hacia arriba, hacia las alturas, pero sin ideas nos abrasaremos de placer sin enterarnos de nada. Cultivemos las dos tierras por igual, pues de lo contrario uno de los árboles enfermará y nos hará tropezar. Deformemos nuestro instinto animal hasta el delirio gracias al acto poético, a la intuición de cuando niños, y así nada nos impedirá alcanzar las nubes y su riego incondicional.
El hombre simiesco pronto se cansó de fertilizar la madurez del chico, y le instaba a columpiarse sobre una tabla mientras él tranquilamente pudiera hablar del partido de ayer con otro hombre calvo, y cuando el chico imploró por más abono, el padre le subió a la chepa y se le llevó a casa con la promesa de leche con galletas.

sábado 19 de marzo de 2011

Escombros y arena íbamos juntos hacia nuestra cita imprevista de legañas y pasiones atadas por dedos frágiles sencillos y largos gusanos recién nacidos grandes y retozones, juguetones delicados con las pequeñas dobleces de tus dedos. Dejamos atrás la excavadora y el cemento, siempre atento para meterse en el peor de tus resquicios y arañarte como aquél bicho por el que tanto gritabas. Una puerta una entrada una mujer madura y entrada en libertad nos dieron la bienvenida a escalera de madera frágil y retumbante, de pisar fácil y acogedor, como si estuviéramos en casa, nuestro hogar, el de nuestros padres y nuestros recuerdos de niños, ya ancestrales. Incienso y puerta blanca abierta, huele bien pero caramelos como en la consulta de un dentista, revistas sucias y un jardín zen no cabían en mi idea de relajación pero supongo que me acostumbraré y en las paredes anuncios de eventos semiespirituales o sin espiritualidad ninguna de colores llamativos dispuestos a cautivar el ojo incauto y desorientado me hicieron dudar por un momento, pero supongo que me acostumbraré. Hoy va a ser un gran día, día de relajación y escuchar sirenas atados al poste de la vela más alta que se deje azotar por el viento mientras me retuerzo de placer, ese canto angelical. Huele a velas incienso y oriente y un olor que no sabría describir muy bien pero entre ácido sexo y pasión. Entre señoras espirituales de moda nos encontrábamos tú y yo en un recibidor ante una pequeña mesa y una caja muy colorida y muy profunda y detrás un señor de canas tranquilo nos despacha. Nombre y apellidos. Miguel Ángel García. Pasa el boli encima de mi nombre en el cuaderno y sigue buscando. Le digo: mira, lo tienes ahí. No pero este debe ser otro, ya está tachado. Tienes un nombre muy común. Empezamos bien me digo para mí. Ocupación: estudiante. Yo le iba a soltar una perorata sobre mi ocupación y mis intereses pues pensé que un maestro debiera conocer mis errores, la cortinilla con que tapo mi esencia todas las mañanas. Pero no fue así. No más palabras. Muy Zen. Solo apunta un 15 al lado de mi nombre. Yo me sorprendo. Quizás sea el número de la sala que nos corresponde, oscura pero podemos ver gracias a la luz que se entromete por las ventanas, no, mejor balcones mal tapados por cortinas púrpuras, tupidas pero un poco traslúcidas. Quince es cinco por tres. No contiene cuadrados de primos, Möbius se pondría muy contento. El tres está muy claro, santa trinidad. ¿Pero y el cinco? Nunca me había parado a pensar en este número, pero bueno, estamos en oriente, dejemos que él marque sus reglas, me acostumbraré. El nombre de mi compañera. También estudia. Ni trabaja ni está en paro. Supongo que debiéramos haber contestado paro, o parón, padrón, padre, no sé, como si fuera un koan, todo muy místico. También un quince. Quince por quince setenta y cinco, y si los sumamos doce, el sistema de los sumerios era sexagesimal. Bueno ahora la cosa empieza a cobrar sentido. Nos mira expectantes. Me lleno de inquietud y todas mis glándulas expulsan endorfinas, preparándome para grandes emociones.

Son treinta euros.

jueves 3 de marzo de 2011

Momentos. Sinceros en los que se aparta el ego para dejar solo la esencia, y esa esencia sonríe pues es una gota en un mar de miel.

Silencios. En los que no valen las palabras para expresar el sentimiento de plenitud inconsolable.

Silencios. En los que uno se realiza no por lo que es aquí y ahora, si no por lo poco que importa el aquí, y el ahora.

miércoles 2 de marzo de 2011

No me gustan las personas que afirman creer o no creer en Dios. Los unos por crédulos, los otros por faltos de fe.