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11 mar 2014
Pez Oriental
Aquí podéis leer o descargar Pez Oriental, novelita corta ambientada en Salamanca:
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Pez Oriental
3 feb 2014
Pez Oriental XXVIII
Mira por donde que sí me apetece pernoctar en la escena que me propusieron esta mañana. Hace un frío que pela así que me he tenido que abrigar bien, y entre el gorro bien calado y una bufanda gorda de lana solo puedo ver a través de una pequeña línea, es decir, ni suelo ni cielo, sólo de frente; veo pelillos de lana sintética recorriendo mi visión, balanceándose a mi paso, recordándome sueños absurdos e inconexos de gente que critica mi forma de relacionarme con los demás, no se a que viene eso. El caso es que voy caminando siguiendo la dirección que me indicó un señor muy majo que me encontré en el paso de cebra, y me explicó que ese paso de cebra separaba el centro de la ciudad de lo que ya no era ciudad, porque aquí al parecer no hay suburbios, más allá sólo hay naves abandonadas y campo escarchado. La escarcha es blanca, y siempre me he preguntado por qué, si no es más que agua congelada, en fin, que sigo, cruzo el paso de cebra y subo por un puente de piso rojo, como los suelos de las canchas de baloncesto, si te caes te raspas la rodilla con dolor cítrico. El puente sortea la via del tren, no es un puente convencional, es la carretera que se eleva haciendo una colina, altura perfecta para que el viento te refriegue su frío sin cortapisas. Por mi parte he hecho los deberes de cintura para arriba, unas cuantas capas, abrigo bufanda y gorro, pero de cintura para abajo se me olvidó llevar el precavido pijama por debajo de los pantalones. Llevo las pantorrillas en carne erizada, gallina pura. Y efectivamente, termina el puente y sólo la continuación de la carretera asfaltada te recuerda que sales de algo más grande, vistoso y poblado, porque lo demás son todo casas viejas abandonadas y en ruinas, naves industriales inactivas, una gasolinera que no funciona y pequeños detalles que estremecen un poco, como unas siluetas pintadas en la pared con aerosol negro, sombras de vete tú a saber qué criaturas moradoras de esas paredes desconchadas y cubiertas con uniforme cemento marrón (es marrón, sí, debieron de echarle un tinte o algo así). Decido no seguir la carretera porque me parece lo más obvio, y me inmiscuyo en el hábitat natural de tribus silenciosas que en vez de canibalismo practicaron funambulismo hasta que el bamboleo de sus sombras en la pared se materializara, así viven mimetizados, porque no les gusta el paisaje poblado de gente, ni si quiera de su propia carne. Ventanas rotas, cascos de botella antigua y cosas que de día podrían ser divertidas pero que ahora no quiero tocar por si acaso aparece la enfermedad, que ya sabemos que la enfermedad se escurre por la sangre y se alimenta de ella, como un mosquito succionador de los gordos, portador de problemas. No quiero problemas pero sí un poco de riesgo y sigo dando vueltas, y claro, me pierdo. Un poco queriendo, reflexiono, porque podría haber seguido la carretera tranquilizadora y algo me dice que habría llegado sana y salva a la función, pero esto es más divertido sin duda. Me desoriento y queriendo llegar a la carretera me encuentro con yerbajos y tierra, nada de asfalto, y claro, sé que más allá de esos yerbajos no voy a encontrar la carretera de nuevo, nunca los había pisado, pero es igual, mi cabecita lo convierte en atajo indispensable. Menos mal que esta ciudad está bien delimitada por el río, y me encuentro en la parte norte que es la segura, así que me topo con agua y como no quiero mojarme, aunque mi cabecita me sigue recomendando seguir por el bien del atajo, me doy la vuelta. Paso los cristales y los cascos de botella, las casas destartaladas, los restos de una tribu que quizás nunca existiera pero sí sus siluetas y... La carretera sigue sin aparecer. Es como si me hubiera metido en otra ciudad distinta, no puede ser. A un lado río, a otro lado nada, creo que cualquier lógica ordenada y orientada se resentiría bastante con esto, pero bueno, al menos oigo unas voces a lo lejos, recuerdo que el señor comosellame del casting me dijo que lo encontraría por las voces, así que sigo.
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Pez Oriental
31 ene 2014
Pez Oriental XXVII
Me despierto con su espalda desnuda surcada de cadenas doradas. Es la luz que filtra la persiana. La acaricio suave porque es suave y morena y me gusta la colina de su culo, más pronunciada si cabe porque está tumbada de lado. La repaso, llego a la cintura y vuelta a empezar. Ella está despierta, pero prefiere hacerse la dormida porque sabe que las caricias son más fáciles cuando no hay que mirarse de frente.
Me doy la vuelta, despacio para hacer el mínimo ruido posible, solo el inevitable rozar de sábanas contra piel, como intentando no despertarla para seguirla el juego. Me calzo los pantalones.
-¿Ya te vas?
-Si, tengo cosas que hacer.
-¿Ni si quiera tienes tiempo para desayunar?
Creo que para ser la segunda vez que nos acostamos podía permitirme el lujo de desvelar mis preferencias en cuanto a desayuno se refiere. Me cuesta, porque son un poco particulares, pero en fin, no deja de ser algo sin importancia.
-Vale, vamos a la tienda de aquí abajo.
-¿Al veinticuatro horas?, ¿es un poco cutre no? No es fiesta, debe de estar todo abierto.
-A mi me gusta ese, encuentro fácil lo que quiero.
-Vale vaquero, donde tú digas.
Se vistió en un segundo, casi ni me di cuenta de que lo hacía: enfundó su cuerpo desnudo en el mismo vestido de anoche sin usar la cremallera (su delgadez se lo permitía) y se calzó dos sandalias de plástico en los pies. La pinta era un poco ridícula pero no le quise decir nada, supongo que se vistió así porque la ocasión lo requería. Tampoco quiso ponerse ropa interior, pero no hace falta entrar en detalles. Bajamos, todo seguía igual en el rellano salvo que a parte de oler a polvo la luz lo hacía visible, apoyándose a discreción en el pasamanos, el suelo y los frisos de madera.
El veinticuatro horas es una pequeña panadería con un servicio de cafetería y una combinación de quiosco, frutería, charcutería, bebidas alcohólicas y comida en lata en general. Aquí puedes encontrar lo que quieras entre dos pasillos minúsculos, sin tener que recorrer grandes superficies. A cambio, es un poco más caro que los supermercados convencionales. Me acerqué decidido a la sección de pan, no del reciente, sino del industrial, nunca llegaré a acostumbrarme a ese sonido crujiente de lo recién horneado. La elección era fácil, pan de molde blanco y la peor marca de ketchup que había en la estantería, y por ende la más barata. Prefiero comprar pan bueno, el ketchup es prescindible.
-Yo ya estoy, cuando quieras.
-¿Pan y ketchup? Menudo desayuno.
-¿Nunca has tomado tostadas con mermelada? Pues esto es igual.
-Vale, yo creo que me voy a decantar por un estrambótico cruasán sin nada y un café con leche.
-Tú misma.
Nos acercamos a la caja registradora, y como la señora estaba atareada sacando panes recién horneados (masa congelada) de una especie de horno-microondas, tuvimos que esperar un rato, haciéndose inevitable escuchar la conversación a voces que estaban teniendo unos adolescentes a nuestra izquierda. Eran tres, chico-chica-chico, y claro, el que más grita cosas guarras y enfermas se lleva la palma. En este caso estaban hablando de desmembramientos y historias que olían a japonés loco, así que preferí no escuchar, pero la situación me obligaba. Los gritos, el ruido del horno-microondas, las luces demasiado potentes, el contenido de esos gritos que ahora pasaban por un combinado de necrofilia y cocacola, en definitiva, una escena sublime. La mayor turbiedad era para ellos motivo de regocijo, necesitaban vivencias que solo podían suplir con anécdotas extraídas de la pantalla de sus ordenadores. No les culpo, seguro que sus neuronas estaban eclipsadas por un instituto lleno de normas y restricciones y un hogar zambullido en sus historias fantásticas favoritas.
Invité a mi compañera a tomar nuestro desayuno en un banco de fuera, cosa que entendió sin hacer preguntas así que pagamos y salimos. Yo me preparé un sandwich de ketchup y ella se ofreció a probar un pedazo de su cruasán embadurnado en esa sustancia dulceavinagrada, por puro divertimento.
-¿Qué tal?
-Está asqueroso.
-Nada como el pan de molde, ya te lo dije.
Y ahí acabó nuestra conversación, me pareció suficiente para un segundo encuentro y ella parecía opinar igual. No quería alargar más el desayuno así que metí en la bolsa el bote de ketchup y el pan y me despedí.
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Pez Oriental
27 ene 2014
Pez Oriental XXVI
Al verlos discutiendo con esa seguridad de erudito empecé a sentir una niebla que los rodeaba y los vi inmersos en ella, mezclando el calimocho que bebían en un cuenco con forma de calavera, agitándolo con palos de madera mientras sostenían unas máscaras blancas alargadas y llenas de agujeros con la otra mano. La idea era que al beberse aquel brebaje directamente del hueco formado por el cráneo, se impregnarían del espíritu intelectual de aquel ser de plástico, el calimocho transformado en algo muy diferente.
-Hola
-¿Si?
-Hola.
-¿Quien es?
-Yo.
-No lo conozco.
-Venga no os pongais metafísicos conmigo, que os traigo bebercio.
-¡Ah! Me encantan los regalos que a veces te hace algún desconocido, descorchemos entonces.
-Bueno, viene en tetrabrick, pero para el caso...
-Sí, muy oportuno, se nos estaba acabando.
(...)
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Pez Oriental
14 ene 2014
Pez Oriental XXV
Mi cartera de cuero, de cuero de verdad, de ese que huele a culo de vaca encima de su mesa, y el filtro algodonoso en mi boca. Es mi forma de marcar el territorio, nos hemos refinado, en vez de pis el olor del culo de una vaca bien domada y domesticada a golpes, su piel curtida a golpes, doblada finamente y cosida por manos gruesas y callosas, todo con el único objetivo de que ese pedazo de cuero estilizado repose en su mesa y sirva de marca de varón. Esta mesa, esta casa está marcada por el cuero que escupe y recibe billetes de un pobre enfermo lisiado. No, ni estoy enfermo ni lisiado, solo que mi imaginación a veces se escapa un poco, pero te diré que no se escapa, siento ser pesado pero mi cartera no se escapa de su rincón, junto al cenicero, completando el bodegón moderno. Nada de frutas ni mariconadas, piel curtida a golpes, ahí tirada como si cualquier cosa, aunque sepa que es el único clavo que me sostiene a la sociedad. Esa tira de cuero es resistente, no necesito más, pero como se rompa caigo al abismo, y cuando digo abismo digo el castigo, la cárcel o lo que sea, porque tengo pinta de inmigrante, eso se nota a la lengua, y sin mis documentos me devolverían a sabe dios qué país del que creen que provengo. Supongo que finalmente me dejarían donde estoy.
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Pez Oriental
11 ene 2014
Pez Oriental XXIV
Tengo dinero y tiempo, así que me pongo a pasear. A caminar con emoción, como si alguna sustancia externa me diera energía continua e infinita. Menos mal que hay árboles y piedras, supongo que uno se alimenta del otro en simbiosis perfecta y allí estoy yo para oler el paisaje entero, para disfrutar de uno y otro regalando miradas de admiración, otra simbiosis en perfecto equilibrio. Mis piernas casi se mueven solas y van hacia el hueco, la guarida, sí, por fin he encontrado el escondite de ese club humeante y diverso, repleto de humanidad, excremento y diamante en estado puro:
-¿Por qué Machu-Pichu? Tío el Machu-Pichu era una ciudad que descubrieron hace mucho y de ahí no viene nadie, no tiene sentido llamar a los sudamericanos machupichus, porque no vienen de ahí y no quiere decir nada, lo descubrieron los exploradores hace quinientos años, está en un monte muy alto y casi nadie llega allí, no tiene nada que ver.
-Que no, que tú no me llamas racista, yo no creo en las razas, no tengo nada que ver pero tengo la libertad de llamar a la gente como me salga de los cojones, ¿o no?
-Pero que te digo que no tiene sentido tío, es que no me puedes decir que sabes esto y aquello y luego decir eso porque no tienes razón, que está en un monte a una altura de dieciseis mil metros, creo, y nadie llega allí, solo los expertos que saben, los exploradores, y la gente que vivió allí hace miles de años que vete a saber si llegaron a subir o ya estaban allí desde el principio, nacieron allí, y no tienen nada que ver con nada.
-Macho, no me digas que tiene dieciseis mil metros porque no es verdad, que el pico más alto está en el Himalaya y no llega a esa altura ni de palo. El Everest tiene siete mil ochocientos cincuenta y seis metros y la altura que has dicho tú es una burrada, vale que yo no se nada del Machu-Pichu ese pero sí se que el pico más alto es el Everest y que puedo llamar a la gente como me salga del rabo.
-Siete mil doscientos ochenta y seis metros mide el pico más alto del mundo, pero el Machu-Pichu es inexplorado, me da igual que no mida lo que digo, es una exageración, una metáfora tío, lo que quiero que entiendas es que allí no vive nadie desde hace siglos.
-Pero que eso me da igual, a mi me gusta ver a alguien y decir eh tu machupichu, ¿me vas a quitar eso?, ¿me quieres quitar eso?, no me jodas hombre, que estamos en un país libre y digo lo que quiero.
-Mira tu di lo que quieras pero eso que dices no me parece bien y te lo digo, respeta el paso del tiempo tio, además lo de país libre es una mentira. Estamos en un país de mierda, todos los países son una mierda y la sociedad se está pudriendo. ¿No hueles el tufillo?
-Será que te has tirado un pedo o que hueles mal porque no te lavas, pero a mi no me vengas con esas mierdas de que todo esta muy mal, ¿qué has hecho tú para cambiar eso que creías que andaba mal?, porque claro, es muy fácil criticar a los que hacen las cosas cuando tú no has hecho nada por este país ni por nadie.
-Yo soy un viajero tío, yo observo y vivo, no quiero joderla más entrometiéndome en cosas, tío, me estás molestando, cállate un rato.
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Pez Oriental
9 ene 2014
Pez Oriental XXIII
La tranquilidad después del acto es una maraña suave que acaricia. Responde a la suavidad de la tela que ya no aprieta sino reduce sensiblemente las picaduras de mosquitos artificiales invisibles. Repasando todo, toda mi vida, y proceso, no quedan cabos sueltos y puedo jugar tranquilo con la maraña que se enreda entre mis dedos. Es la única parte de mi cuerpo que quiere moverse un poco, y yo la dejo hacer lo suyo. El placer cerebral es una forma avanzada de regocijo que a veces se nos olvida, pero cuando vuelve con ramalazos de relax se parece un poco a una música chill out con velas y una bañera caliente. Reducir el colorcito de una tarde en una taza de infusión herbal es algo muy benigno, que repercute sutil, casi trivialmente en cada extremidad, y mi tronco se ha olvidado de que existe, así que podemos relajarnos a gusto, ella y yo, mi tronco y yo, su cabeza enmarañada y mis dedos, la tarde tranquila y la luz repasando las concavidades de su cara, la respuesta a un dios que nunca nos dijo nada es un silencio calmo y reparador; sin ponernos espirituales ni místicos ni nada parecido podemos decir que estamos a gusto, ella y yo, su pelo y mis roces, mi cuello relajado y sus manos que reposan tranquilamente sobre las sábanas que huelen a limpio.
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Pez Oriental
15 dic 2013
Pez Oriental XXII
Unas oficinas bastante cutres, pero parecía divertido. Entré. Ni me había maquillado ni peinado ni nada, no suelo hacer ese tipo de cosas, de todas formas pronto me di cuenta de que eso poco importaba cuando vi las mujeres que se reunían allí, que sí, estaban maquilladas y peinadas, pero a qué precio. Cada una tenía un toque especial, su toque de la casa que la hacía destacar, con lo que mi desaliño pasaba bastante inadvertido. Una demasiado mayor, otra medio desquiciada, seguro que la había dejado el novio hace poco, tenía ojeras, o no tenía novio y se había quedado sin trabajo. Se nota cuando ves a una persona que no sabe llevar las desgracias, se lo toman todo a la tremenda, son como niñitos que patalean solo que ésta en vez de llorar se había echado demasiado maquillaje. Era ridículo. Las demás: había una china jovencita y tímida que poco tenía que hacer, una treintañera que miraba el móvil constantemente, lacerada por los wasaps, ésta se retiraría pronto porque seguro que tendría algo que hacer cuando llegara la hora del ensayo. No creo que su horario fuera compatible con ninguna actividad extra. Se comía las uñas, signo decisivo. También había una señora afable y gordita, que sólo necesitaba un gorro blanco y un bol con masa de harina para ponerse a cocinar pasteles para todos. En fin, no me apetecía esperar ahí, me quedé un minuto observando la escena y comprendí que como el turno probablemente era el de llegada, me tocaba esperar cinco largos ratazos en compañía de esa amalgama de mujeres con demasiado tiempo libre (o demasiado poco), así que me di la vuelta pensando en un zumito en la cafetería de la esquina, el camarero parecía amable, de los que sueltan un par de lindezas antes de servirte, le soltaría yo las mías por curiosidad. Se abrió la puerta y gritaron mi pseudónimo. Creo que puse Linda Hutcheon, seguro que el jefe se echó unas risas cuando lo oyó.
-Pase, señorita.
-¡Hola!
-¿Ha interpretado antes?
-No, señor.
-¿Entonces, quiere convertirse en actriz de la noche a la mañana?
-Claro, ¿por qué no?
-Bueno, haremos un par de pruebas, a ver, siéntese ahí y recite el abecedario como si se lo estuviera enseñando a un niño de tres años.
-Vale.- Me senté con cuidado y mientras recitaba no paré de hacer gestos con las manos- A, ¿me has entendido? primero la A, luego B, a ver A... B...
-Basta, basta, bien, ahora la prueba de fuego, tienes que enfadarte con este señor.
Y me presentó a un tipo seco, sin gracia, sin un gesto de seriedad ni de acritud, sólo una estúpida sonrisilla que me estaba empezando a poner histérica... así que dejé que la rabia aflorara, era mi trabajo, se convertiría en mi trabajo, lo sé, ya estaba hecho. Esa sonrisilla tiene los días contados míster, vas a ver. Le solté tal lista de improperios que el tío casi se echa a llorar.
-Bien, bien, muy bien, es suficiente. Parece que eres de las que vive las cosas, además no has hecho muchas preguntas. ¿No quieres saber qué es lo que vamos a hacer? Mejor, mejor. No queremos que nuestros actores sepan nada de lo que van a interpretar, es nuestra forma de hacer las cosas, ¿de acuerdo? Nosotros creemos en la improvisación, no queremos autómatas recitando textos de memoria y recordando la muerte de su gatito cuando tienen que llorar. Si queremos transmitir confusión, misterio, emoción... la creamos primero en nuestros actores y el público ya lo captará, eso es lo de menos, hasta ahora no hemos tenido que preocuparnos mucho por ello. Bien. ¿Te creías que esto era un anuncio de jamones? jaja, no, no. Te vas a llevar una buena sorpresa, vas a ver. ¿Quieres participar entonces?
-Claro, ¿por qué no? Aunque como esto sea una de esas redes que raptan gente para hacer cosas raras os vais a enterar, ¿eh?
-No, no, niñita, esto lo hacemos para divertirnos, seguro que te diviertes, veo que eres expontánea, no te preocupes, no correrás peligro.
-¿Y cuanto se cobra por tanto misterio?
-Diez la hora, ¿es un buen trato, no?
-¿Y me podrían dar un adelanto? Ando un poco mal de dinero...
-Claro, aquí tienes- Me desliza un billete de veinte- Pero esta noche empiezas, verás, lo montamos todo en una nave que hay a las afueras, necesitamos espacio, ¿sabes? Aquí tienes la dirección, estáte a las nueve allí que es cuando empieza el espectáculo, no necesitamos preparativos, ¿fácil, no? No te preocupes que lo encontrarás, verás gente a la puerta, puedes guiarte por el ruido, por las voces, sí, haz eso. Nos vemos esta noche.
-Venga, hasta luego.- Gilipollas, no pienso ir, para qué si ya tengo pasta para ir tirando.
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13 dic 2013
Pez Oriental XXI
La he vuelto a ver. Hoy la chica se ha levantado pronto y ha pasado fuera todo el día, necesito un trago en el bar.
Ni fumo ni espero, solo que no quiero respirar mi propio aire ni un minuto más. Bajo y llego al bar, era inevitable: la puerta de su portal abierta y luz en la ventana. La cubren unas cortinas de tela fina así que no puedo ver lo que pasa en el interior; quizás ella esté con otro que haya conocido esa misma noche, o simplemente no espera ni quiere visitas. “Visita no esperada, visita no deseada”, dice el refrán, y tiene su parte de razón, pero si vives en un piso de ciudad esos lemas de ermitaño de poco sirven, así que subo, no me apetece pasar la noche en el bar y respirar aire viciado otra vez.
La misma escalera oscura, como siempre poco que decir, solo que esta vez no puedo guiarme por sus pasos de tacón y casi tropiezo con los escalones, más altos y estrechos de la cuenta. El rellano está iluminado por una lámpara de cristal grueso que forma una especie de flor blanca. En realidad sólo es blanca en las puntas, experimenta un fundido que va desde el ocre al blanco, el ocre saliendo de la forja de metal que la sostiene. Es una lámpara de pared, poco que decir. Sí podemos decir que el rellano es de madera, suelo de madera y pasamanos de madera. Madera clara como de habitación de un niño. No sé que tipo de madera será pero me gusta, hasta los rayones negros que se notan más tienen su encanto. La puerta es de una madera parecida y está entreabierta, así que paso. Esta vez no me da tiempo ni a encender un cigarrillo, me coge por la bragueta, me aprieta bien y me conduce a la habitación contigua al recibidor. Estaba también oscura. Poco que decir.
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Pez Oriental
12 dic 2013
Pez Oriental XX
Al volver a casa he visto un cartel pegado a la pared: “Se necesita chica joven para interpretar una escena” Me ha parecido divertido así que he cogido el número y he llamado. Me han citado para mañana temprano en unas oficinas. Tengo bastante esperanza en esto, no creo que muchas chicas de entre 15 y 20 tengan tiempo un lunes por la mañana para ir a unas oficinas y que les evalúen unos desconocidos. Ni tiempo ni permiso paterno, y a mí me sobra de los dos.
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Pez Oriental
10 dic 2013
Pez Oriental XIX
Pernoctar. No sé, me encuentro desubicado, por ejemplo: volviendo a casa después del paseo matutino, cuando vi al chico corriendo que escuchaba música con sus cascos mientras miraba los chopos y el trozo de tierra marrón con alcantarilla de cemento, no he podido pensar en nada. Ahora me oigo, en casa delante de la máquina, sí, pero el paseo de vuelta ha sido silencioso, etéreo. Tanto que no consigo ni acordarme de por donde pasé, del camino que tomé. Y mira que no estoy acostumbrado a esta ciudad, a sus calles, siempre doy unas cuantas vueltas antes de llegar a una casa que me suena, que me recuerda que hay que girar una a la izquierda, seguir recto al llegar a la tienda de regalos tomar la calle de la derecha, una calle, una farola, una pintada cursi de esas que hay por ahí, da igual. Pero esta vez no recuerdo ningún tótem que me guiara. Supongo que simplemente estaba a otras cosas y el inconsciente, o ese hilo invisible que a veces nos guía, ha cumplido su parte. Todavía estoy un poco confuso, si hasta mezclo las letras, no es que sea disléxico pero a veces cuando quiero escribir que, pongo qeu y me quedo tan ancho. Menos mal que lo que yo escriba no lo va a leer nadie. Por lo menos nadie en esta ciudad, son escritos anónimos. Quizás en un futuro los envíe al periódico local, pero de momento están bien donde están. No se qué pasa con la chica. Debería estar ya en casa, es tarde. Algo la ha debido de haber retenido. Anteayer trajo un montón de libros forrados de todos los tamaños, y se pasó la tarde ojeándolos. No es propio de ella. Me temo que demasiada información pueda haberle provocado un cortocircuito. Ella no suele asimilar mucho de golpe, y cuando lo hace, le sale la vena psicótica. Ella no es así. Esta ciudad nos está cambiando. A los dos.
Digo tarde porque no ha venido para comer, y ya son las cinco. Sé que ella ya es mayorcita para comer sola, pero suele venir aquí a prepararse algo, un sandwich rápido de jamon york con mayonesa, o mayonesa sola, y se va a su cuarto a dormir un poco. O dormitar, no sé. Me preocupo por ella, sí. Estoy preocupado. No nos hemos dicho nada desde que vinimos aquí, y me gustaría saber cómo se siente, que anda tramando. Ella me quiere impresionar, quiere hacerme ver que se puede valer por sí misma, pero en el fondo sólo ratifica una y otra vez que no puede separarse de mí, me necesita. Como yo la necesito a ella. Somos como una de esas parejas de la tele, inseparables, que cuando se enfadan intentan hacer carrera en solitario pero el show cojea por todos los lados, y entonces se reúnen de nuevo, o acaban con todo. O siguen por terquedad y hacen el ridículo, como antes quizás, pero en solitario, lo que es más ridículo todavía. Yo también me siento un poco ridículo. Doblemente ridículo, porque ella no está, pero me parece que ya he dicho esto.
La mujer de ayer fue como una ducha de agua fría en una mañana de resaca. Reconstituyente, lacerante como mil agujas pinchándote la piel. Sólo la piel, sin llegar a nada más profundo, pero qué hay más profundo que la piel, donde los nervios terminan y se hacen débiles y escurridizos. Por supervivencia, sí, puro instinto de supervivencia. Por eso digo que es el nivel más profundo, amén que superficial. Las dos cosas van unidas, es como las parejas de la tele. No se puede atacar la personalidad pretendiendo sacar las motivaciones más oscuras, como los traumas de infancia, no, hay que atacar la máscara, el reflejo. Atacar lo superficial para llegar a lo más hondo. Así me cogió ella, por los pelos, en la piel, como una ducha fría en una mañana de resaca, reconstituyente, sí, refrescante y sana. Cuando sales de la ducha y el frío te contrae es menos frío, menos malestar. Dolor agudo, pero beneficioso, como el dolor que te provoca el cirujano cuando te abre la piel para extirparte la parte enferma, la parte enferma que tienes dentro, porque enfermamos por partes. Dicen que todo es somático, pero yo creo que somos algo así como una máquina, cuando falla una pieza, te la cambian y se acabó. Si falla el motor ya es otra cosa, entonces quizás lo mejor sea comprarse otra máquina, trasmutar a lo Kurt Cobain. Yo no me creo que lo matara la CIA, no me creo ninguna de esas chorradas, él ya había muerto cuando tocó en acústico por última vez. Quiso que la rabia de las guitarras eléctricas se desvaneciera para dejar ver la cuerda pulsada, la resonancia natural. Natural, superficial. Romper con lo profundo al fin y al cabo. Él rompió con la fuerza y se hizo débil, progresivamente, como en una escala cromática del morado intenso al blanco. Y se quedó en eso, en blanco. Porque del blanco es muy difícil salir. Porque no se escribe sobre blanco, se escribe sobre la suciedad del papel. Quizás busquemos limpiarla, producir algo más blanco o hacerlo todo totalmente negro, o negro a cachos, porque los desvaríos nunca son capaces de llenar todos los huecos. O buscamos lo heterogéneo, porque somos heterogéneos. Y que alguien diga lo contrario no hace más que ratificarlo. Pero qué voy a contar yo, si estoy hasta el cuello de lo sucio, de lo sucio porque hay algo negro y algo blanco. Porque si sólo hay sucio y no se deja ver la pureza, lo limpio, entonces no te entran ganas de limpiar y puedes dejar todo como está. Cómo va a intentar alguien escribir sobre una hoja negra. ¡Es imposible! Mejor dejarla como está, ya está todo hecho. Claro que nadie vive con una hoja negra en la cabeza.
Todos tenemos un hueco que rellenar, por muy pequeño que sea. Cuanto más pequeño, más profundo claro. Los metros cúbicos de incertidumbre que sabemos soportar siempre son los mismos, lo que difiere es su distribución. Yo casi prefiero un hueco pequeño y profundo porque te puedes olvidar de él de vez en cuando, y cuando necesitas vomitar lo echas todo allí, se lo traga como un sumidero. Nunca se llena, es aterrador, pero cuando esta idea te empieza a rondar apartas la vista y listo. Es lo fácil. Por lo menos a mí me parece más fácil.
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Pez Oriental
7 dic 2013
Pez Oriental XVIII
Mi inglés es muy malo, pero aún así consigo hacerme entender. Con que haya uno en el grupo que sepa un poco de español ya puede hacer de traductor a los demás, es muy fácil: me restrinjo a la información imprescindible y la acompaño de gestos explicativos y graciosos, no hace falta más. Y los ingleses dan más pasta. Más que los franceses, y mejor no hablar de los portugueses. Sigo en mis trece. Me gusta explicar las anécdotas en torno a esta casa, vale, me he inventado la mayoría, pero merece la pena, son mentiras piadosas que estimulan y hacen crecer el interés, ¿que de malo podría haber en eso? Aunque la verdad es que según mi primer día llega a su fin me voy dando cuenta de que mañana no voy a volver, ni al siguiente... Hoy me lo he pasado bien, pero no lo veo como una actividad constante. Sólo para un día, y sobra. Además me apetece hablar con el capitán. Desde que hemos llegado aquí casi no hemos hablado más que para el tema del alquiler, y bueno, no digo que nos llevemos estupendamente y todo eso, pero sí que solíamos pasar los días juntos hablando de tonterías cuando estamos aburridos, y lo echo de menos. Voy a casa. Es extraño. Antes tenía unas motivaciones inmensas por comerme esta ciudad, quiero decir, descubrir gente, espacios, ambientes... Un universo lleno de posibilidades, donde no tenga tiempo para aburrirme y me llegue a saturar información. Sí, eso es lo que quería, pero a mis momentos de euforia les siguen momentos de apatía, y es algo que no se puede negar. Necesitamos un receso antes del próximo empujón. Yo creo que el haber estado en contacto constante con turistas me ha bajado el ánimo, la próxima vez que salga seguiré al pintor de ceras plastidecor hasta la guarida del club de exprimidores, secta repleta de invocaciones, demonios encerrados en ánforas y velas encendidas. Pero ahora no, ahora toca descansar, dormir un poco. Ojalá esté el capitán en casa, aunque no creo, me dijo que iba a bajar al bar. ¿A qué bar? No lo sé, a cualquiera, supongo. De verdad me gustaría encontrarle en casa.
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Pez Oriental
6 dic 2013
Pez Oriental XVII
Llegamos a su casa. Estaba justo encima del bar así que no me lo tuve que pensar mucho, fue salir a tomar el aire, proponerme pasar adentro y acto seguido estaba abriendo la puerta de su portal. La verdad es que no me apetecía entrar otra vez en el bar, demasiada gente, además que mi arrebato pianístico había atraído demasiadas miradas hacia mí, unas con tono de réplica, otras con tono de reprobación e incluso halago, pero al fin y al cabo demasiados ojos, no me gusta llamar la atención. La puerta de abajo estaba hecha de forja, protegida por un cristal casi opaco. De la escalera no puedo decir mucho, sólo que era estrecha y oscura; me suelen causar curiosidad las zonas comunes de los edificios, para la gente que vive allí son casi tan suyos como su casa y amplían la calle añadiendo espacios exclusivos y con sustancia, pero ya digo que de ésta escalera no puedo decir mucho, demasiada oscuridad. Tuve que guiarme por su taconeo, mirándola contonear su cintura de avispa mientras me agarraba al pasamanos.
Entramos en casa. Ella me mira de reojo y prepara un par de copas. Me pregunta si tengo hambre y la verdad es que algo sí que tengo, pero prefiero decirle que no. Me acerca la copa y bebo. El estómago me empieza a doler de tanto beber, llevo desde por la mañana y sé que si como algo solo voy a querer dormir. Como el alcohol es a su vez analgésico, me bebo un buen trago para engañar al cuerpo. Me pregunta que si quiero otra, y le digo que sí. Ella no toca la suya, en vez de eso abre la ventana y apura el cigarrillo en el balcón. Yo me asomo a la calle con ella, apoyo la copa en la barandilla y saco medio cuerpo a la calle. Un hombre vomita en la puerta del bar del que acabamos de salir, el camarero sale con un cubo de fregar y se lo echa encima, para que el vómito se escurra calle abajo, el borracho refunfuña porque le ha ensuciado los zapatos pero no creo que esté en posición de protestar, así que se calza bien el abrigo y se va dando tumbos calle abajo, con el vómito. La calle es diferente vista desde arriba, se gana una perspectiva más, y eso ayuda si quieres comprenderla bien. Ahondar en sus ladrillos y su gente. Me giro y ella ya no está. Con movimientos elegantes riega una maceta de hiedra en otra ventana. No decimos nada. Decir algo sería joderla. Sólo fumamos. Nos encendemos otro cigarro, y bebemos. Uno contra el otro, sentados en sillas enfrentadas, mirándonos a los ojos. Un trago. Una calada. Mantenemos la mirada como si fuera un juego. Podríamos hablar de algo, pero no tendría sentido. Ella podría poner algo de música, pero la mera elección de un disco entre su biblioteca ya desvelaría más de lo que ella quiere desvelar, así que se queda allí, sentada, fumando. Él podría decir algo sobre la casa, o los muebles, o el alcohol. O sobre los cigarrillos largos y exóticos que ella consume, uno tras otro, casi sin exhalar nada de humo, como si fueran de aire respirado. Pero se calla y le da un trago al vaso apurándolo, porque no quiere dejarse ver tan pronto. Aunque quisieran, no creo que pudieran decirse nada, así que se miran y no sé hasta cuándo van a poder soportar ésta situación. Quizás cinco minutos, media hora, dos horas. Ella al ver la copa vacía de su compañero le pregunta que si quiere otra. Él le dice que así está bien, gracias. El cenicero queda un poco lejos para ambos, está en medio de una mesa baja de esas que todo el mundo tiene en su salón. La silla de ella es demasiado alta y él en el sofá está demasiado hundido como para poder estirarse y alcanzarlo, pero finalmente lo hace para no ensuciar nada con la ceniza y se incorpora, sentándose esta vez en el borde del sofá, intentando mantener el equilibrio, intentando que no se le note el mareo de la nicotina mezclada con alcohol. Lo logra, ya está entrenado. Mira por la ventana. Ella se levanta, la cierra y se sienta a su lado. Da una calada. Expulsa el humo hacia la derecha en dirección a la ventana pero el humo choca contra el cristal. Apaga el cigarro en el cenicero, alargando el brazo. Tiene las uñas pintadas. No muy largas, pero pintadas con un color opaco, poco brillante, pero llamativo. Él se hunde en el sofá. Ella se hunde. Se hunden juntos.
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Pez Oriental
5 dic 2013
Pez Oriental XVI
Artista: Radiohead. Álbum: Ok Computer. Pista 7.
Ahora paso cerca de mi antiguo instituto y me cruzo con un grupo de chicos que me parecen sorprendentemente pequeños. Antes no me impresionaba tanto porque yo era como ellos. Me acuerdo de lo que pasé allí, la gente que conocí, el grupo, los amigos. Yo me habría reído si me hubiera cruzado con un enajenado corriendo con mallas y cascos. Quizás no le hubiera dicho nada, pero sí me habría reído a posteriori. Como mucho un “¡corre Forest!” para reafirmarme delante de la gente y probar que tengo huevos y no me importa hacer la picia, pero cuando ya estuviera un poco alejado. Sigo y el disco de Radiohead me emociona. Paso por el instituto tres veces a la semana pero nunca como ahora. Los chicos están saliendo, un tío fumando con coleta me recuerda a no se quién y el disco sonando. Me emociona, que le voy a hacer, soy un marica, a veces miro al cielo y digo “qué bonito está el cielo”, y mis colegas se ríen de mí, pero qué le voy a hacer. Sigo corriendo, esta vez por las baldosas blancas y me cruzo con un grupito de tres chicas. Casi me choco con una, he tenido que hacer un quiebro por el césped, y ellas se han reído con esa risa que es tan diferente de la risa del grupito de chicos que he pasado antes. Y también me recuerda claro.
Las chicas me han hecho enfilar una calle que a veces odio y otras me enamora, porque al fondo se ve la purísima, iglesia de cúpula muy parecida a la de la catedral, pero más nueva. Y esta vez no me ha aplastado la idea del sufrimiento cristiano: venga sigue, uf, sólo te queda la última recta, dale un poco más que ya casi estás en casa, ya verás que bien te sientes cuando llegues y te des una buena ducha de agua caliente. En el fondo eso del sufrir por sufrir es contraproducente, al final siempre hay que buscar razones extrínsecas. No. Esta vez me ha enamorado, y no he tenido tiempo para reflexionar mucho sobre ella. Sólo la miraba mientras corría y me he visto a mí mismo desde fuera, corriendo, escuchando Radiohead sin necesidad de aguantarme alguna lagrimilla de emoción, resultado de una epifanía metaficticia, porque al estar corriendo no se me nota. El llanto se confunde con suspiros de macho, producto de la cantidad de kilómetros recorridos. Así que me he dejado llevar y me he visto formar parte de la historia. Me he sentido más personaje que persona, y claro, cuando eso a rozado la experiencia cercana a la muerte he girado por mi calle y he seguido a lo mío, conservando esa emoción, muy parecida a cuando estás en un sueño y te das cuenta de que sueñas, y de que puedes volar o preguntarle a la gente qué se siente al formar parte de un sueño, de MI sueño. Con esa emoción en la cabeza no me ha costado nada recorrer la última calle antes de llegar a casa, unos segundos menos para mejorar mi récord, chúpate esa científico-experto-en-dopaje, tengo la solución para que Contador gane el año que viene; y he llamado al timbre, quitándome los cascos. Hay que reconocer que la magia se había disipado un poco, un bajonazo, pero todavía quedaban rescoldos, y cuando me ha abierto la puerta he sentido que ella también era parte de la historia, y he querido que el diálogo tuviera un poco más de intriga:
-Hola, ¿a qué huele tan bien?
-Estoy haciendo bizcochos de plátano macho.
-¿Bizcochos de plátano y?
-De plátano macho.
-¿Macho?
-Sí, de plátano macho.
-¿Plátano y chocolate?
-No, solo plátano.
-Ah. Pues huele bien.
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Pez Oriental
3 dic 2013
Pez Oriental XV
El chico se aleja, y yo aflojo el paso. Porque no me ha visto y no quiero que me vea. Me muevo para que los arbustos no me dejen verlo, que los arbustos no dejen que él me vea a mí.
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Pez Oriental
2 dic 2013
Pez Oriental XIV
Artista: Radiohead. Álbum: Ok Computer. Pista 4.
Es música de vaqueros, música de fin del mundo. Música para el polvo y el polvo apelmazado, es decir, la tierra. Música para tumbarse en un descampado y mirar hacia abajo en vez de al cielo, dejarse en paz de chorradas y hacer una historia de la nada, de una cosa tan simple como un chico que sale a correr escuchando Radiohead en su mp3. Por su puesto, se pide al lector que la escuche. Es una banda sonora para estas páginas. Escúchala, resume muy bien el paisaje. Escúchala, y me callo un rato. Dejo de escribir para que pueda sonar entera, porque resume muy bien todo lo que recorrí esta mañana trotando con las mallas, que son muy cómodas y me hacen bien a las rodillas. Esta mañana salí aunque me dolieran todavía del día anterior, y gracias a eso pude echarle un vistazo a la rivera del Tormes, los chopos y el sol que le saca los dorados como lo hace con la piedra. Unos dicen que pasa porque la piedra es especial, piedra de Villamayor. Yo no me lo creo, este sol es capaz de sacarle los colores a cualquiera, mira los chopos. Pero esto es pensar demasiado, quiero concentrarme en la canción, que me hace subir el ritmo y no me canso. Cuando llegue a casa seguro que habré bajado mi marca en uno o dos minutos, sólo porque hoy he salido con el mp3. A ver cómo explican eso los científicos especializados en dopaje. No es química, sólo música. Si yo entrenara un equipo de ciclismo, el Euskatel por ejemplo, les haría escuchar el OK Computer mientras suben el Col du Tourmalet, a ver que pasa.
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Pez Oriental
1 dic 2013
Pez Oriental XIII
El camino acaba en un descampado de piedra. Parece un escenario de guerra, con una pared de cemento soportando el desnivel del terreno a un lado, probablemente parte del sistema de alcantarillado, y una boca de alcantarilla en medio de un círculo de tierra seca sin vegetación. La boca es de cemento también, y sobresale del suelo medio metro más o menos. Es un cilindro de color gris cemento con un contrafuerte de cemento también. El chico que corre ha pasado por aquí, escuchando música con sus cascos.
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Pez Oriental
30 nov 2013
Pez Oriental XII
Cuando era niño me gustaba ver los bichos debajo de las piedras, y los surcos que dejaban. Escarabajos peloteros, chiches, hormigas, cortauñas y cosas así.
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Pez Oriental
29 nov 2013
Pez Oriental XI
El camino está algo embarrado. Antes lo marcaban tocones de madera cuadrados, pero ahora están comidos por la hierba y el musgo. Muchos están medio salidos y se puede ver la tierra húmeda, negra y llena de bichos que hay debajo.
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Pez Oriental
27 nov 2013
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