En mi barrio las ventanas son espejos, pero ahora solo reflejan negro y misterio.
Prefiero la noche porque la calle está en silencio, se puede escuchar lo que susurran las alcantarillas, rezumando el agua de lluvia que sobra en la acera. Las farolas tienen luz naranja y la noche no parece serlo, parece una de esas salas donde los fotógrafos exponen sus negativos, donde se masca tensión, donde no solo se revelan fotos, sino el talento de sus autores. Yo ya no tengo de eso, soy como una foto en blanco de tanto ser revelada sin éxito, no irradio luz propia porque nunca la tuve.
Me gusta sentirme del montón. Del montón de los que escuchan, porque nadie tiene nada que decir, y qué mejor que escuchar para pasar el tiempo.
Quizás otro café mantenga los párpados en su sitio.
Nunca me había fijado tanto en los pequeños establecimientos que adornan la calle. Se reflejan en los charcos naranjas del suelo, recordando a fantasmas volátiles que se esfuman tras una simple pisada. Tiendas antiguas que venden restos de otra civilización, testigos del cambio, pero férreamente agarrados a su época. Son los que mejor se mimetizan con los adoquines amarillentos; que dan fortaleza a la ciudad, dotándola de un color evocador del pasado más lejano.
Bares, cafeterías distinguidas, la luz eterna de la tienda de bocadillos, que absorben más alcohol de madrugada que el suelo de la discoteca; tiendas donde puedes encontrar cualquier cosa que busques, y entre el puesto que huele a aceite (si se le puede llamar así) y el quiosco de la esquina, una funeraria sombría, que succiona el aliento de los viandantes, ebrios en su mayoría.
Mi propia voracidad me consume, el deseo de evolucionar hacia horizontes insospechados, malos o buenos, más allá. No tengo paz, porque no me quiero preparar para la guerra, me niego, afirmo, pero me niego. Solo un pequeño trozo de materia deglutiendo cafeína, como un repugnante gusano baboso.
Es curioso, los escaparates reflejan mi silueta. Puedo ser el maniquí sin manos, o la mujer de pechos duros como la piedra. También puedo reflejarme en la mirada de aquel hombre, ¿por qué no?
Siempre me ha intrigado la extraña forma de vivir que tienen los mendigos, ajenos a todo sistema, aprovechándose del clima de mala conciencia que se crea a las puertas de una iglesia. Hacen bien, distinguiendo a los verdaderos fieles de los que solo aparentan serlo. Quizás los más creyentes sean aquellos que le llenan la gorra de céntimos, quizás no. Poco importa eso, las limosnas solo distinguen.
Él vive tranquilo en el rincón de calle, su aliada. Las paredes le protegen del viento mistral, la pastelería le deja embriagarse con aromas de exquisitos manjares, y de vez en cuando alguien piadoso le da lo suficiente como para poder calentarse con un cartón de vino recién exprimido, directamente del supermercado más cercano a sus manos temblorosas y encallecidas. Me gustaría estar en su pellejo, no medir las consecuencias, simplemente aceptarlas como parte de uno mismo. Su piel se asemeja a una coraza, dispuesta a soportarlo todo. Parece que no necesite comer, ha aprendido a dominarse, ahora forma parte de la ciudad, y es tan fuerte como sus reforzadas murallas añosas.
Vuelvo a casa. El despertador debe estar sonando por pura costumbre, pero hoy no tiene sentido su timbrazo porque esta vez no interrumpe ningún sueño, no hay nadie que le escuche chillar como un grillo agónico, representando la conciencia implacable que me aturde todas las mañanas. Por lo menos he tenido un momento de soledad, despreocupación, me he sentido fuera del sistema, como el desvalido vagabundo, cuyos pasos van dibujando el camino; y eso es algo que no se puede pagar con dinero.
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12 feb 2009
8 feb 2009
La Dolorosa I
En mi barrio las ventanas son como espejos, las calles anchas, rectas, sin espacio para el delirio. Un mar de edificios camaleónicos que lo mismo se vuelven día como noche, reflejando los últimos vestigios de un sol agónico, un sol en peligro de extinción. La sombra que proyectan es inmensa y marca el camino a seguir, mientras la luz lucha, con un ataque de rabia, impotencia, desesperanza.
Mi vida durante el día se reduce a cuatro paredes y una ventana minúscula para poder respirar, cuyas vistas fueron absorbidas por el teclado hace tiempo. No descanso, no quiero tiempo para mí porque sé que lo desperdiciaría, la única tregua que me permito es conducir a través del enorme puente que separa la oficina del cuchitril donde vivo. Ese puente me ayuda a sobrevivir, me hace sentir libre mientras cruzo el océano deprisa, el viento rozando la cara y la música en la radio que no deja de sonar. Me dejo llevar por ritmos palpitantes y entonces dejo de pensar en las teclas que me absorben; negras como el alquitrán que queman las ruedas del automóvil a su paso. Siempre necesité del mar, pero ahora que lo tengo, intento no prestarle atención, paso de largo para que no se acostumbre a mí, que guarde la paz que me tiene preparada para otra ocasión, no la quiero.
No quiero viajes ni descanso, con el calor de la estufa abrasándome las piernas en contraste con el frío antártico que asoma por la ventana me basta. He alcanzado el equilibrio, el cambio, el ciclo que me arropa a todas horas, y por nada del mundo saldría de ese torbellino de humo negro. O eso me gustaría creer. No tengo tiempo para pensar, y eso me ayuda, pero últimamente mi cabeza descarga una nube de palabras contra la almohada. Hace una semana que no puedo dormir, no concilio el sueño; y cuando por fin mi conciencia se rinde al subconsciente, la tregua no dura más de dos horas, por lo que me levanto frenéticamente cansado a base de café solo.
-Dígame lo primero que se le ocurra.
-Flores en un jardín circular rodeado de agua. Un mar con playas de arena blanca, cocaína quizás. La libertad de un preso. El primer rayo de luz que le ciega al salir.
-Es suficiente.
El psiquiatra no me ayuda, no logra someterme a su hipnosis, no puede penetrar hasta el fondo de la materia gris. Quizás fuera más fácil con un martillo hidráulico, le dije. Se echó a reir y me recetó unos somníferos al tiempo que repetía una y otra vez que tenía una agenda muy apretada. Claro que estaba apretada, los hoyos del campo dejaban el tratamiento de brotes psicóticos para otra ocasión. No volví. Esa misma noche tiré todas sus sucias pastillas al váter tras intuir un dulce sabor a placebo. Me arrepiento de haber entrado en su despacho, de haber olfateado ese asqueroso olor a consulta, de haber tenido un momento de debilidad y haber creído que pudiera necesitar ayuda. Me siento sucio. Ya no tiene sentido la máscara de indiferencia que cubría mi rostro, marca de bienestar disimulado. Tengo que exteriorizar mi agonía, pero no sé cómo. El calor se hace insoportable. Todo mi cuerpo rezuma suciedad. No puedo seguir pegado al colchón, necesito dar un paseo, necesito cambio.
La necesito.
Mi vida durante el día se reduce a cuatro paredes y una ventana minúscula para poder respirar, cuyas vistas fueron absorbidas por el teclado hace tiempo. No descanso, no quiero tiempo para mí porque sé que lo desperdiciaría, la única tregua que me permito es conducir a través del enorme puente que separa la oficina del cuchitril donde vivo. Ese puente me ayuda a sobrevivir, me hace sentir libre mientras cruzo el océano deprisa, el viento rozando la cara y la música en la radio que no deja de sonar. Me dejo llevar por ritmos palpitantes y entonces dejo de pensar en las teclas que me absorben; negras como el alquitrán que queman las ruedas del automóvil a su paso. Siempre necesité del mar, pero ahora que lo tengo, intento no prestarle atención, paso de largo para que no se acostumbre a mí, que guarde la paz que me tiene preparada para otra ocasión, no la quiero.
No quiero viajes ni descanso, con el calor de la estufa abrasándome las piernas en contraste con el frío antártico que asoma por la ventana me basta. He alcanzado el equilibrio, el cambio, el ciclo que me arropa a todas horas, y por nada del mundo saldría de ese torbellino de humo negro. O eso me gustaría creer. No tengo tiempo para pensar, y eso me ayuda, pero últimamente mi cabeza descarga una nube de palabras contra la almohada. Hace una semana que no puedo dormir, no concilio el sueño; y cuando por fin mi conciencia se rinde al subconsciente, la tregua no dura más de dos horas, por lo que me levanto frenéticamente cansado a base de café solo.
-Dígame lo primero que se le ocurra.
-Flores en un jardín circular rodeado de agua. Un mar con playas de arena blanca, cocaína quizás. La libertad de un preso. El primer rayo de luz que le ciega al salir.
-Es suficiente.
El psiquiatra no me ayuda, no logra someterme a su hipnosis, no puede penetrar hasta el fondo de la materia gris. Quizás fuera más fácil con un martillo hidráulico, le dije. Se echó a reir y me recetó unos somníferos al tiempo que repetía una y otra vez que tenía una agenda muy apretada. Claro que estaba apretada, los hoyos del campo dejaban el tratamiento de brotes psicóticos para otra ocasión. No volví. Esa misma noche tiré todas sus sucias pastillas al váter tras intuir un dulce sabor a placebo. Me arrepiento de haber entrado en su despacho, de haber olfateado ese asqueroso olor a consulta, de haber tenido un momento de debilidad y haber creído que pudiera necesitar ayuda. Me siento sucio. Ya no tiene sentido la máscara de indiferencia que cubría mi rostro, marca de bienestar disimulado. Tengo que exteriorizar mi agonía, pero no sé cómo. El calor se hace insoportable. Todo mi cuerpo rezuma suciedad. No puedo seguir pegado al colchón, necesito dar un paseo, necesito cambio.
La necesito.
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