Fernando Arrabal, anteayer en la Plaza de Anaya, SalamancaSubido en el trono que merece, el elegido de Pan se distingue entre la masa que lo adora. La objetividad tiembla conmovida por los numerosos seguidores que le hacen frente. El viaje trascendente comienza, se respiran los aires de una nueva época, un hecho que sólo se encarga de poner en manifiesto el cambio del milenio.
No puede dejar de sorprenderse por el cariz que toman los hechos, que escapan de su control, corroborando débiles expectativas. La humanidad grita a través de su garganta, se resquebrajan los adoquines a su paso, la Tierra no puede soportar el peso y se sale de la órbita hasta achatarse como predijeron los presocráticos. Nos riega a todos con su elixir dionisíaco, dispersado por cortesía del enorme falo creador para que podamos soportar su música, y mientras, las féminas, príapos con alma de mujer, danzan a su alrededor dando a luz cambio y creación.
Un estruendo hace temblar la fachada de la catedral, cárcel de nuestras pasiones. Se abre una grieta en la piedra dorada. Todos sabemos que no podrá soportar otra acometida similar. Coge aliento, se prepara, y descarga toda su fuerza contra el templo. Este cae sin remedio y desaparece tras un seísmo abismal.
Nos ha liberado, y se lo agradeceremos siempre.

