16 oct. 2013

Pez Oriental I

“Antes el Irish era un aparcamiento de autobuses” entreoigo mientras me llega un perfume   como de incienso. Me doy la vuelta y sale de la colilla que sujetan unos dedos fibrosos, largos y acartonados.

 La calle está bulliciosa, quizás hoy menos porque es viernes y se notan las bajas de estudiantes que ha causado la noche anterior, pero se respira un ambiente tranquilo al fin y al cabo: señores con maletín, probablemente dispuestos a dar su próxima clase, señoras que van a la compra, un joven con libros que devolver en la biblioteca... Entre esta normalidad, me encuentro a dos personajes que desentonan tanto en la calle Serranos que parecen viajeros del espacio tiempo que hubieran caído en ese lugar y a esa hora, las doce de la mañana, por puro azar. El del humillo de incienso es un señor de chaqueta vaquera gris y desgastada, con tupé canoso tan poco cuidado como su dentadura; de unos cuarenta años. A su lado, una chica joven con pantalones vaqueros anchísimos de rapero, bambas anchas también acorde con su estilo, pelo liso pero voluminoso, peinado hacia atrás como si caricaturizara el tupé de su compañero, y cara de persona que tiene mucho misterio fresco y nuevo, camuflado probablemente con mentirijillas que te cuela quieras o no, por muy preparado que vayas. Quizás sean padre e hija, quizás ella es huérfana y él un viejo rockero de los años setenta que la adoptara al verla deambular por los bajos fondos de Manhattan (si es que Manhattan tiene bajos fondos), o igual él es su tío; pero ella tiene que ser huérfana porque esa mirada no se tiene si se apoya en un colchón familiar estable. Seguramente vivieran por un tiempo en lo alto de un rascacielos con ventana grande y vistas a la ciudad cosmopolita, y por eso su mirada de altos vuelos choca con la de las gentes de esta ciudad, cuyos edificios no superan los cinco pisos. Parece que el bullicio de la gente corriente se viera a cámara lenta, todo a su alrededor se oscureciera y un foco de luz halógena los destacara, como rodeados de un halo de misterio, dándole una dimensión nueva a esta ciudad sin salida al mar, pero con ríos de gente que de vez en cuando traen un pez oriental, de esos grandes bigotudos y coloridos, que cuando los ves marchar entre la avalancha de peces naranjas de pecera algo se remueve en tu interior y te motiva para perseguir la riqueza de lo heterogéneo bien entendido.

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