28 sept. 2013

Negación


Esta es la historia de un hombre que se sujetaba el abrigo negro al cuello para que no traspasara el frío y la humedad de la calle. Su madre siempre le decía que llevara bufanda, que siempre se cogía los catarros de garganta, pero de eso hace ya mucho tiempo, tanto que no se acuerda y se aprieta las solapas del abrigo en una noche de lluvia y cielo amenazante. Todavía no es noche cerrada, pero pronto lo será. Algunas tiendas ya han echado el cierre, así que apresura su paso por miedo a encontrarse con la puerta cerrada. Lleva sombrero negro también. Los edificios son de piedras grises y ennegrecidas por la humedad. La época poco importa, podemos decir siglo dieciséis, pero esto no es lo importante. Tampoco es demasiado importante que lleva los pies encharcados. Por lo menos de momento no lo es. Está en la calle de su tienda favorita, y se para a mirar por el cristal. La luz es amarilla y la ventana blanca, todo muy cálido en el interior, en contraste con el presente exterior. Hay una joven despachando. Joven. Ni dama ni señorita ni princesa. Una joven. Podríamos destacar su pelo castaño, los ojos marrones de nuestro protagonista hacen juego con su castaño. El Hombre mira con ojos llorosos, párpados gruesos, ojos grandes y abiertos como platos, nariz fina y puntiaguda. Realmente sólo podemos resaltar ahora sus ojos y lo que se refleja en ellos: las manos de la  joven que serpentean entre cajones y estantes buscando lo que pide el señor de detrás del mostrador. Por fin lo encuentra. Se apresura a cobrar porque quiere echar el cierre. El cierre está cerca y el Hombre no se decide. Quiere dejar pasar la oportunidad, o no quiere, no puede, sólo ve a la joven bailando, moviéndose sutilmente tras una fina tela transparente y blanca, que deja atisbar su feminidad, sus curvas, su abdomen, flor blanca. Es una figura sublime y danza sólo para él. Cruza las piernas y se acaricia los muslos simultáneamente, sutil, casi sin rozar, sólo tiembla su bello que es como seda, luego los gemelos, y por último los pies. Poco a poco va dejando pasar una luz halógena a través de sus piernas, hasta que éstas se abren completamente y aparecen siete flores de su sexo, brotan y se esparcen a su alrededor formando un círculo, un abanico de flores de los más fantásticos colores. Creo que son rosas. Las rosas se parecen a fetos, y sus tallos al cordón umbilical, pero no es nada grotesco. La tienda va a cerrar y el Hombre no puede decidirse.
No entra por pura casualidad, por desafiar al destino. Sin saber, corta de raíz las siete rosas, y no sabe qué hacer con ellas, se le mueren entre las manos dejando un perfume de incienso místico. Cenizas en sus manos y en su visión tan sólo una mujer triste ofreciéndole una flor negra. De su pecho una rosa negra.
No tiene sentido seguir, se encierra en casa y comienza a escribir con las luces apagadas, mordiendo la pluma hasta hacerla añicos con sus dientes ahora enormes y deformes, como sus labios. Su frente se arruga y empapa en sudor, mareo y vómitos; no ha logrado escribir nada. Sólo le quedan fuerzas para llegar a la cama y ponerse el pijama de una pieza blanco.
Se despierta tapado, no recuerda haberse tapado. La ventana estaba abierta. Dice el médico. Ha pasado usted toda la noche con la ventana abierta, ¿cómo se le ocurre? Yo.. no tenía idea. Le va a costar una pulmonía.  Esto no le inquieta, sino que le deja descansar. Por favor doctor, déjeme. Pero cómo si está usted muy mal. No quiero ver a nadie. Avisaré a su familia inmediatamente, creo que está delirando por la fiebre.
Ha decidido no querer vivir, ni perpetuar la especie, mandarlo todo al carajo, quedarse en la cama y no saber de la reproducción. Vio como una calavera enorme se comía a su mujer y a sus hijos-feto. Y no quiso hacer nada por evitarlo. Sólo esperó su turno.

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