26 sept. 2013

Estoy sentado en el sofá, todo apunta a que estamos en una tarde tranquila, de transición entre verano y otoño, Sol cada vez menos caluroso y viento que se cuela por la pernera del calzoncillo y te hace dar un respingo. Tranquilo sin más. Un gato merodea y se asoma a la pantalla, pero no es ninguna novedad. Creo que le gusta que mis manos bailen sobre las teclas,  por suerte no quiere cazarlas. Todo tranquilo sí, pero emerge la pulsión. Esa pulsión interna que no me deja concentrarme. Dios, es que nunca me deja en paz, está ahí nada más despunta el día y no se va hasta que me olvido de ella en el sueño.
Mi gato tampoco me deja en paz, acaba de decidir que sí quiere cazarme los dedos que bailan como pequeños ratones. Que jodío. Así que sumamos la pulsión esa que decía a la jodida manía que tiene mi gato de perseguir y arañar mis manos escritoras, y a sus estornudos que embadurnan mi pantalla de vete a saber tú que gérmenes. También le gusta roer las esquinas del portátil. Al final voy a acabar escribiéndole a un puto óvalo. Pero ese no es el tema.


... ¡Joder, lo que pasa es que estoy enganchado! Esto es como una  puta droga, como la heroína en los ochenta, o peor todavía. Estoy enganchado como una niña pequeña a la marihuana, o a lo que quiera que fumen las niñas de ocho años, no lo sé, cualquier mierda de esas. Tío es lo peor. Y no me doy cuenta pero ahí está, la maldita pulsión que no me deja ni comer. Es casi sexual, me sube de la amígdala y se queda a vivir en mi cabeza, supongo que se ha hecho una camita de puta madre com mis sesos o yo qué sé. Puto Facebook, ¡te odio!

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