27 abr. 2010

A veces me gusta desgastar saliva hasta que mi lengua no tenga con qué humedecer el paladar, hasta quedarme sin aire en los pulmones, que solo quede la esperanza de una llama purgadora de toda esencia. Nunca me ha ido demasiado contar historias porque enseguida se me agota el argumento, lo ahogo para extraer todo su jugo, lo asfixio hasta la muerte sin pensar. En este continuo dialogo conmigo mismo jamás pienso en el público que me pueda leer, sino que me rebozo en mis propias heces para poder así digerirme a gusto, retroalimentar una cadena de favores que se lleva sucediendo desde mi nacimiento, expulsar un poco de rabia en forma de creación, pisotear las buenas intenciones para quedarse con el subsuelo de la conciencia, terrenos desconocidos que nadie quisiera vislumbrar, tan sólo yo, por puro aburrimiento. De no ser por este teclado de teclas negras como la tinta, nunca podría permanecer mucho tiempo estable sin enloquecer. Necesito viajar, salir a cazar sin saber lo que encontrarme. No puedo soportar la idea de hundirme en una rutina cómoda y caliente, puesto que sería la cortina que me separe del mundo. Yo me quiero casar con una actriz, con una artista de circo para abandonarla en el último momento, y no pensar nunca más en pasado ni en futuro, sino seguir palpitando sobre la marcha hasta que se agote la fuente de los sueños. Entonces yaceré muerto e insensible. Pero ahora todo yo soy terminaciones nerviosas y no pienso parar, no pienso cortar el grifo que mantenía mis pensamientos hacinados en un cubículo gris y oscuro, puesto que si juntas a mucha gente en una sala pequeña, éstos se acabarán matando. Ésa es mi tesis y la pienso defender hasta la muerte; y poco me importan los microorganismos del sudeste asiático, o la teoría de catástrofes. No quiero que me expliquen la vida con ecuaciones diferenciales, sino explotarla con mis recursos limitados, atraparla bajo tentáculos recios y flexibles y exprimir cada momento y cada ilusión. Quiero una orgía de hormonas en mi cabeza y la quiero ahora, no quiero explicaciones, no quiero quietud sino muerte en estado puro, quiero peligro, quiero un tren surcando terreno a toda velocidad, quiero un andén desconocido lleno de judíos y artistas, personas que puedan conmigo, que jueguen a la diana con mis sesos flácidos, quiero riesgo, quiero sentirme avergonzado de mi estupidez y seguir creciendo. Ya no me basta con poder llegar del trabajo y sentarme en el sofá agradecido por un plácido descanso impuesto. Prefiero descansar cuando me encuentre cuerdo, cuando la locura deje de jugar al fútbol con mis terminaciones nerviosas, tan sólo cuando ella decida…

1 comentario:

Argot azul dijo...

Hola soy una cuarentona amargada, que busca ligarse a un seductor matemático, que cuelga fotos semi-desnudo...
¿ Algún voluntario?

no soy una actriz ni trabajo en un circo, y seguramente te explique la vida con ecuaciones diferenciales,
pero tranquilo, no soy tan insoportable.
;)

(y menos para alguien tan empanado como tu! ^^)