30 nov. 2009

Ausencia de nata

La respiración se adivinaba entrecortada. Fragmentos de un todo que es el aire a través de las fosas nasales. Su boca se entreabre. Los labios despegan lentos una mucosidad que no les dejaba respirar. Primero, crepitó su lengua entre las dos lomas resecas, escarpadas, cordilleras rosas que de vez en cuando logran acariciar un pedazo de carne, siempre jugosa. Lento, el gran molusco retozó con ellas hasta el éxtasis, resbalando, dejando el crepitar de los labios secos para otro momento, no muy lejano.
Su boca se estiró, como preparándose para un ejercicio sobrehumano, anticipando con su contracción el espanto que pronto sufrirían los allí presentes. No cabía duda, y por ello sus dientes, amarillos, se asomaron en una sonrisa silenciosa. Eran dientes de vagabundo, sin medio al sarro ni la vejez, pues tenían el olor a tierra de ciprés bien asumido. Olor a cementerio.
El ambiente viciado de humo era el propicio para tamaño bombardeo de verdades, que haría temblar el juicio de cualquiera; el lugar se presumía idóneo y los actores cumplían al dedillo su papel, pues llevaban ensayando meses, años quizá, y ningún contratiempo cambiaría su actitud.
En ese momento, los labios antes crepitantes ejercían de espejo; nunca más seríamos entes que contemplan desde arriba, sino que al vernos de carne y hueso nos espantaríamos y diríamos ruborizados "¡Tengo que ser hombre!". Mientras, unos dedos despeinarían nuestras cabezas, inconscientes.
El gran momento que el teatro entero llevaba tiempo esperando había llegado. Se hizo el silencio. Las sillas no se atrevían a chillar. Ni las moscas tienen el valor de entorpecer las palabras, quizás salvadoras, surgidas desde algún rincón del purgatorio. Algún oscuro rincón que nadie conoce; tan solo aquél que padece el peor de los tormentos. Me refiero al tiempo y los años que pasan; condenados al olvido. Me refiero al oscuro secreto de mamá naturaleza; ésa que nos deleita los sentidos con el postre de la vida, que lleva preparando desde que tenemos recuerdo y cada día embadurna de nata y chocolate, lo pinta de colores y lo empapa en perfumes orientales. Bizcocho angelical...
Pero un bizcocho relleno de telarañas. ¿Habéis oido bien? Telarañas, vacío, polvo, olvido, ausencia de nata, justo en el momento de rozarla con esos labios carnosos.

Los labios, como decía, se contrajeron de golpe, ya que el alma del propietario quiso escapar antes de tiempo; pero ellos, fieles a su amo, la conservaron en su sitio con un estornudo.