6 dic. 2013

Pez Oriental XVII

Llegamos a su casa. Estaba justo encima del bar así que no me lo tuve que pensar mucho, fue salir a tomar el aire, proponerme pasar adentro y acto seguido estaba abriendo la puerta de su portal. La verdad es que no me apetecía entrar otra vez en el bar, demasiada gente, además que mi arrebato pianístico había atraído demasiadas miradas hacia mí, unas con tono de réplica, otras con tono de reprobación e incluso halago, pero al fin y al cabo demasiados ojos, no me gusta llamar la atención. La puerta de abajo estaba hecha de forja, protegida por un cristal casi opaco. De la escalera no puedo decir mucho, sólo que era estrecha y oscura; me suelen causar curiosidad las zonas comunes de los edificios, para la gente que vive allí son casi tan suyos como su casa y amplían la calle añadiendo espacios exclusivos y con sustancia, pero ya digo que de ésta escalera no puedo decir mucho, demasiada oscuridad. Tuve que guiarme por su taconeo, mirándola contonear su cintura de avispa mientras me agarraba al pasamanos. 

Entramos en casa. Ella me mira de reojo y prepara un par de copas. Me pregunta si tengo hambre y la verdad es que algo sí que tengo, pero prefiero decirle que no. Me acerca la copa y bebo. El estómago me empieza a doler de tanto beber, llevo desde por la mañana y sé que si como algo solo voy a querer dormir. Como el alcohol es a su vez analgésico, me bebo un buen trago para engañar al cuerpo. Me pregunta que si quiero otra, y le digo que sí. Ella no toca la suya, en vez de eso abre la ventana y apura el cigarrillo en el balcón. Yo me asomo a la calle con ella, apoyo la copa en la barandilla y saco medio cuerpo a la calle. Un hombre vomita en la puerta del bar del que acabamos de salir, el camarero sale con un cubo de fregar y se lo echa encima, para que el vómito se escurra calle abajo, el borracho refunfuña porque le ha ensuciado los zapatos pero no creo que esté en posición de protestar, así que se calza bien el abrigo y se va dando tumbos calle abajo, con el vómito. La calle es diferente vista desde arriba, se gana una perspectiva más, y eso ayuda si quieres comprenderla bien. Ahondar en sus ladrillos y su gente. Me giro y ella ya no está. Con movimientos elegantes riega una maceta de hiedra en otra ventana. No decimos nada. Decir algo sería joderla. Sólo fumamos. Nos encendemos otro cigarro, y bebemos. Uno contra el otro, sentados en sillas enfrentadas, mirándonos a los ojos. Un trago. Una calada. Mantenemos la mirada como si fuera un juego. Podríamos hablar de algo, pero no tendría sentido. Ella podría poner algo de música, pero la mera elección de un disco entre su biblioteca ya desvelaría más de lo que ella quiere desvelar, así que se queda allí, sentada, fumando. Él podría decir algo sobre la casa, o los muebles, o el alcohol. O sobre los cigarrillos largos y exóticos que ella consume, uno tras otro, casi sin exhalar nada de humo, como si fueran de aire respirado. Pero se calla y le da un trago al vaso apurándolo, porque no quiere dejarse ver tan pronto. Aunque quisieran, no creo que pudieran decirse nada, así que se miran y no sé hasta cuándo van a poder soportar ésta situación. Quizás cinco minutos, media hora, dos horas. Ella al ver la copa vacía de su compañero le pregunta que si quiere otra. Él le dice que así está bien, gracias. El cenicero queda un poco lejos para ambos, está en medio de una mesa baja de esas que todo el mundo tiene en su salón. La silla de ella es demasiado alta y él en el sofá está demasiado hundido como para poder estirarse y alcanzarlo,     pero finalmente lo hace para no ensuciar nada con la ceniza y se incorpora, sentándose esta vez en el borde del sofá, intentando mantener el equilibrio, intentando que no se le note el mareo de la nicotina mezclada con alcohol. Lo logra, ya está entrenado. Mira por la ventana. Ella se levanta, la cierra y se sienta a su lado. Da una calada. Expulsa el humo hacia la derecha en dirección a la ventana pero el humo choca contra el cristal. Apaga el cigarro en el cenicero, alargando el brazo. Tiene las uñas pintadas. No muy largas, pero pintadas con un color opaco, poco brillante, pero llamativo. Él se hunde en el sofá. Ella se hunde. Se hunden juntos.