24 nov. 2013

Pez Oriental VIII


Di vueltas. Estaba dando vueltas alrededor de un matrimonio con hijos que admiraba la casa de las conchas y entré con seguridad, algo así como “¡Hola! Bonita, ¿verdad? ¿Sabían que fue el regalo de bodas de un enamorado?” y adorné la escena todo lo que quise. Les enseñé la fachada, les conté la anécdota que circula por aquí, que debajo de una de las conchas hay un tesoro, pero que todo fue un bulo para que destrozaran las conchas y los curas pudieran tirar la casa castrada y así ampliar su dominio. Pasamos el patio y les enseñé las columnas de mármol. Todo canónico, formal, simpático. Además instructivo, porque ponía especial atención en los niños, para que les gustara la historia, y dejaba las anécdotas más picantes para la mujer, para que no se hiciera la estrecha esa noche entre las sábanas de hotel. Pero todo lo que conseguí fueron tres míseros euros. Entonces decidí que las cosas no salen por las buenas, y me puse a gritar como una loca sobre los misterios de aquella casa, que si un tsunami asoló la ciudad y dejó aquellos fósiles petrificados en la piedra, o mi favorita: Les explicaba que quien la mandara construir, el señor Estanislao de la Concha, le había dicho al constructor que quería ver su nombre bien reflejado en esa casa, y el constructor ignorante había llenado la casa de conchas en vez de plantar el escudo de la familia encima de la puerta como siempre se había hecho, acabando la historia con el constructor encerrado en el pozo que lidera el patio, a cal y canto. Esto sí tocaba la fibra sensible de los foráneos, incluso arranqué carcajadas de algún local curioso. Conclusión: veinticuatro euros que gastaría esa noche en invitar al capitán, para que vea que yo también se hacer algo de provecho.