19 mar. 2011

Escombros y arena íbamos juntos hacia nuestra cita imprevista de legañas y pasiones atadas por dedos frágiles sencillos y largos gusanos recién nacidos grandes y retozones, juguetones delicados con las pequeñas dobleces de tus dedos. Dejamos atrás la excavadora y el cemento, siempre atento para meterse en el peor de tus resquicios y arañarte como aquél bicho por el que tanto gritabas. Una puerta una entrada una mujer madura y entrada en libertad nos dieron la bienvenida a escalera de madera frágil y retumbante, de pisar fácil y acogedor, como si estuviéramos en casa, nuestro hogar, el de nuestros padres y nuestros recuerdos de niños, ya ancestrales. Incienso y puerta blanca abierta, huele bien pero caramelos como en la consulta de un dentista, revistas sucias y un jardín zen no cabían en mi idea de relajación pero supongo que me acostumbraré y en las paredes anuncios de eventos semiespirituales o sin espiritualidad ninguna de colores llamativos dispuestos a cautivar el ojo incauto y desorientado me hicieron dudar por un momento, pero supongo que me acostumbraré. Hoy va a ser un gran día, día de relajación y escuchar sirenas atados al poste de la vela más alta que se deje azotar por el viento mientras me retuerzo de placer, ese canto angelical. Huele a velas incienso y oriente y un olor que no sabría describir muy bien pero entre ácido sexo y pasión. Entre señoras espirituales de moda nos encontrábamos tú y yo en un recibidor ante una pequeña mesa y una caja muy colorida y muy profunda y detrás un señor de canas tranquilo nos despacha. Nombre y apellidos. Miguel Ángel García. Pasa el boli encima de mi nombre en el cuaderno y sigue buscando. Le digo: mira, lo tienes ahí. No pero este debe ser otro, ya está tachado. Tienes un nombre muy común. Empezamos bien me digo para mí. Ocupación: estudiante. Yo le iba a soltar una perorata sobre mi ocupación y mis intereses pues pensé que un maestro debiera conocer mis errores, la cortinilla con que tapo mi esencia todas las mañanas. Pero no fue así. No más palabras. Muy Zen. Solo apunta un 15 al lado de mi nombre. Yo me sorprendo. Quizás sea el número de la sala que nos corresponde, oscura pero podemos ver gracias a la luz que se entromete por las ventanas, no, mejor balcones mal tapados por cortinas púrpuras, tupidas pero un poco traslúcidas. Quince es cinco por tres. No contiene cuadrados de primos, Möbius se pondría muy contento. El tres está muy claro, santa trinidad. ¿Pero y el cinco? Nunca me había parado a pensar en este número, pero bueno, estamos en oriente, dejemos que él marque sus reglas, me acostumbraré. El nombre de mi compañera. También estudia. Ni trabaja ni está en paro. Supongo que debiéramos haber contestado paro, o parón, padrón, padre, no sé, como si fuera un koan, todo muy místico. También un quince. Quince por quince setenta y cinco, y si los sumamos doce, el sistema de los sumerios era sexagesimal. Bueno ahora la cosa empieza a cobrar sentido. Nos mira expectantes. Me lleno de inquietud y todas mis glándulas expulsan endorfinas, preparándome para grandes emociones.

Son treinta euros.

1 comentario:

dale calor dijo...

jejeje, buen texto y final inquietante

saludos

http://dalecalor.blogspot.com