16 feb. 2011

Voy caminando hacia mi cita y pienso en algo ingenioso que decir, o en unas posibles palabras que ella me dirija para poder soltarle algo ingenioso, y pienso en las carcajadas… Pero todas las conversaciones que se urden en la cabeza antes de una cita siempre se quedan en el olvido, y se empolvan hasta que la tinta les busca un sitio en una estantería, para que se pudran, de la forma más orgánica posible, junto con el papel amarillo. Voy subiendo la cuesta y pienso en las posibilidades de nuestra conversación, en las ramas que crecen de la nada, en su tronco principal, en la elegancia adquiera el árbol de la charla. Una conversación amena es como un árbol. Primero la semilla, los dos contertulios con sus experiencias y gustos comunes. Hay veces que la calidad de la semilla es indudable y ya sabes que se va a gestar algo grandioso. Otras veces es sólo uno el que pone todo el germen, pero eso no es una conversación; se puede llamar conferencia, o discurso, pero no conversación. La regamos con un par de cervezas y empiezan a fluir las raíces. Si el tallo se avecina recto, quizás estemos ante un ciprés o un álamo. Pero esos son más aburridos, aunque elegantes, cuando el tema es central, discutido por dos contertulios que lo conocen bien. A mí me gusta más improvisar, sacarle punta a todo, hasta que salga una flor y podamos pasar a la siguiente rama. En mi caso se avecina un arbusto con una bifurcación en su arteria principal, ya que la vida de mi compañera se separó de la mía hace tiempo, y así cada uno va fortaleciendo el tronco del otro, y pequeñas hojas juguetean entre sí, enredándose con gracia, hasta que florece un arbusto frondoso y hermoso, con flores pequeñas y amarillas, coronadas por recíprocas sonrisas. Casi todas las he hecho florecer yo, con diversos matices, unas veces ácidos, otras más inocentes, pero ella siempre añade un aroma dulce que lo homogeiniza todo.

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