3 feb. 2009

Papaver Somníferum

Estas paredes me han visto nacer y morir. Limitan el limbo del que no puedo escapar y al que me aferro para poder sentir a los dioses, solo un poco más arriba. A veces les hago una visita, pero a cambio tengo que pagar con un pedazo de mi vida. Al fin y al cabo, de qué me sirve eso aquí abajo. Me la arranco a trozos que se escapan por mi boca, blancos y serpenteantes.
Aun me queda para otra pipa. El humo entra como agua en la garganta del sediento. Ya no siento esos mareos y vómitos de las primeras veces, he dominado mi cuerpo.

-Creo que a ti no te conozco.
-Claro que no me conoces, soy tu no ser, soy tú cuando dejes de existir.
Pausa larga y contemplación.
-Pues te pareces mucho a mí.
-Ese no es mi problema.

El templo al fondo. Un paisaje tan transparente como la piedra que me llevó a él. No deseo más que quedarme aquí tumbado oyendo el rumor del agua en este delicioso estado de vigilia. El opio ordena mi mente, ahora todo empieza a cobrar sentido.
Árboles altos y verdes, todos diferentes y separados, uno de cada especie, dejando entre medias césped recién cortado. Un río limpio fluye, primero cascadas desde la montaña rocosa del centro y luego a través de la planicie del bosque. Parece imposible que pueda haber corriente en el llano. El olimpo se yergue como en el libro de historia que tenía cuando niño, de mármol blanco, impoluto; un panteón circular que destaca sobre las rocas grises de la montaña, moldeándola desde arriba, convirtiéndose en la nueva cima.

-¿Y qué se siente?
-No sé sentir.
-Déjame disfrutarlo.
La silueta, mi sombra, se empezó a mover con total autonomía y me envolvió en una nube negra. Mi vista desapareció, la música, el olor a carbón, el vapor áspero, mi lengua…

Yo era el fallo del paisaje. Todo tan bello. Necesitaba subir para verlo todo a la vez. Me apoyo en las rocas mojadas que me hacen caer, resbalando hacia arriba. Ya no hay gravedad, siento que me elevo y salgo de mi letargo, inevitablemente, sin compasión. La nube onírica se disipa para dejar paso al techo de vigas carcomido y una vida más corta y pobre. La morfina deja muy poco tiempo para pensar.

Tierra labrada gracias a llanto y dolor.
Dunas de quietud horrible, casi muertas.
Surcos vacíos de esperanza.
Velo de tela opaca que se desliza entre montes, desprovistos de vida.
Tierra seca, yerma, consumida.
La luz del candil se refleja en ella cambiando de sitio las sombras, dando movimiento al color muerto. Mis pectorales antes robustos se mecen entre una maraña de huesos, que no llegan ni a carroña para el buitre más hambriento. Los minutos pasan lentos y mi tórax protesta, ansía el veneno negro para poder sentirse vivo; ya ni se esfuerza en respirar.
La luz del candil tiene un halo diferente, que me incita. Sé que entre mis andrajos todavía me queda algo para pasar la noche, un anuncio de salvación. Aquí están, clavándose sin suerte en los huesos de la cadera, los mejores pendientes de mi mujer. Con ellos por lo menos tendré para un día más de sombra.

Empiezo a escuchar un bajo sutil, una batería lo intenta seguir. De sobra sé lo que esto significa. Olor a incienso, felpa, un escalofrío recorre mi cuerpo al no poder disfrutar de tanta suavidad a mi alrededor. Me envuelve un terciopelo negro. De repente de la tela se abren dos grandes ojos amarillos que me ciegan.
-Demos un paseo.
Hace un Sol tranquilo, que proyecta las figuras haciéndolas más grandes, confiriendo seguridad. El acompañante presenta mi espacio. Es un jardín sin límites, con varios caminos delimitados por arbustos pequeños que no se deben superar por educación. Todos los caminos, en contra de las apariencias, llevan al mismo sitio, aunque los hay tan enrevesados que acaban haciendo espirales y círculos y de los que es muy difícil salir. Otros tienen zonas oscuras, peligrosas, que de solo mirarlas cualquier ser humano sentiría el dolor del desarraigo, dulce.

Ves como se mecen, lento, sin tu poder hacer nada.
Solo verlos marchar al ritmo de la música.
Ves que se desliza, no poder hacer nada, el entramado de sublimes mentiras que le habías preparado, lento, se desvanece como charcos de lluvia en la mañana soleada.


Ahora todo es amarillo y sigo con el paseo. Es un día tranquilo y solo se oye agua y viento. La tierra y el fuego llegarán pronto.

9 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Excelente. El primer diálogo es un micorrelato perfecto, que deberías publicar independientemente.

migul dijo...

Gracias por el consejo!

Verónica Rodríguez Orellana dijo...

IMPACTANTE ! Me encantó , un saludo desde esta isleña noche

pande... dijo...

Hola!!

Me ha gustado mucho tu escrito.

Anda si eres de Salamanca!! Yo no, pero llevo viviendo aquí la broma de treinta años.

Gracias por seguirme y comentarme, yo ya no puedo seguir a más blogs, tengo otro donde soy pelusa, con poesías de los grandes y de todos aquellos que por el simple hecho de escribir poesía para mí lo son.

Un abrazo en una noche lluviosa.

Maite

Alejandra Menassa dijo...

Hola Miguel. En tu escrito me aparecieron reminiscencias literarias de Borges (el doble) y de Henry Michaux y el relato de sus experiencias con la mescalina (miserable miracle), está como es tu costumbre, bien escrito. Se nota que eres un gran lector.
Un beso

migul dijo...

Gracias, les echare un vistazo a las obras que citas (aunque a Borges le tengo bastante trillado jeje), que parecen interesantes

Viperina dijo...

Me he pasado a echar un vistazo, y veo que tengo material para rato, y como soy lectora compulsiva no puedo pasar de largo...solo que ahora mismo se me caen los parpados de sueño y lo veo todo borroso, así que me pasaré pronto y daré buena cuenta de tu blog, prometido.
Besos y buenas noches.

Odi Noyola dijo...

^-^

J. Marcos B. dijo...

Paso a saludarte darte las gracias por tus buenos comentarios en mi blog y, felicitarte por este escrito.

Un abrazo.

M