Esa mañana comprendí, mientras desayunaba un delicioso café, que la vida es lo que uno quiera hacer de ella.
Puedes quedarte con lo que te contenta, exento de enfermedades, una existencia insulsa y aburrida. Yo prefiero el riesgo. Tentar a la suerte y saber capearla en el último momento, sortear el mal de ojo mediante una sucesión de rápidas fintas, mientras camino jadeante entre la multitud que me abre paso en la calle, que es como un río caudaloso en curso alto, entre piedras afiladas y oficinas plagadas de nicotina y dedos temblorosos, acostumbrados al fuego y la ceniza que dejan a su paso. Suciedad por puro placer, por darle un gusto a la maldad; porque sin estos alicientes casi prefiero la monótona comodidad del ataúd, bien calentito. Caliente como el café que saboreo gustoso, dando pequeños tragos, disfrutando tanto o más que esos que pagan un dineral por cada copa de vino.
Pues bien, cada uno se amolda a lo que tiene lo mejor que puede. Yo prefiero amoldar mi rutina, amasarla bien, darle unos golpecitos para reblandecerla y poder hacer una escultura con ella, una Venus de Milo con cada día que se queda atrás. Voy colocándolos cuidadosamente uno encima de otro hasta tener la forma perfecta, sin que nadie se dé cuenta. La contemplo unos instantes. Suficiente. Ahora toca arrugarla hasta hacerla desaparecer, como una bola de papel que se hace cada vez más pequeña entre mis furiosas manos, hasta que ya solo quede un chispazo de vida que se esfuma.
Míralos bien, sentados en cómodos sillones, mientras les cuentan que un niño ha desaparecido. Muy en el fondo se sienten un poco mejor, ya no importa llegar a fin de mes, porque la vida es corta y ese no la pudo aprovechar, y aunque ellos no lo hayan hecho lo mejor que pudieron, son humanos, no son perfectos, y hay que disfrutar, vivir el día a día, y no supone nada para la familia comprar esa fantástica televisión de plasma, un recipiente más sofisticado donde esconder todos los buenos propósitos de año nuevo y dejarlos a buen recaudo hasta las navidades siguientes, todas las intenciones se verán mejor tras esa elegante máscara, en doce cómodos plazos, y, por qué no, esta noche la familia sale a cenar, porque nos lo podemos permitir, no como aquel niño de las noticias.