28 feb 2009

A Warm Room



Cuando el dolor florece desde las entrañas es imposible pararlo. Crece como enredadera sobre las piedras, aprisionando costillas, subiendo por la columna vertebral hasta la parte escondida del cerebro, esa que no nos gusta ver y perferimos mantener oculta por que tememos la verdad, no la podemos soportar, y qué mejor que engañarnos.
Pero cuando el dolor florece desde dentro nadie lo puede parar.
Dibuja espirales desdibujando la silueta, la sombra del hombre, los huesos que conforman la base de su existencia, pudriéndolos hasta hacerlos añicos; hasta que ya no queda otra salida.
Se retuerce, escupe vida desde sus adentros, no puede dejar de expulsar belleza inmunda allí donde pasa, un tipo de escultura que pone en ridículo la naturaleza, el afán por existir, aunque solo sea para ser pisoteado.

27 feb 2009

Oníria

Todos en fila, ponen sus cuerpos en ristre, proyectándolos hacia la luz del Sol para que se abrasen y poder al fin liberarse de las cadenas que los atan a tierra. El ejército de la noche avanza con paso firme hacia las colinas del sueño, a través de las sombras que otros se olvidaron y que se arrastran por el suelo, como serpientes. Se escucha el susurrar se las sábanas sobre la piel de un cuerpo vacío. Él se escapa por las comisuras de los labios, por las elipses que conforman la nariz, por todos los orificios transparentes, suaves al tacto, para que no rasquen el tejido del alma. Comienza la búsqueda. La mente fluye a través de milenios de historia recreando todas las verdades y ninguna. Viaja más rápido a través del vacío, la nada recubierta de absoluta y espesa calma. Calma porque es de noche, y calma porque es sueño. Los ojos desenfundan sus espadas de color, pintando un paisaje en la grieta del subconsciente con pinceladas sujetas al azar del destino. Todo se confunde en la calle interminable, todo permanece en permanente estado de cambio, las farolas y señales de tráfico se convan , formando el camino a seguir. Las palabras desdibujan lo que no se puede describir, para poder sujetarlo al papel; porque, al fin y al cabo, no son más que palabras.

26 feb 2009

Interrail (escritos movidos por el traqueteo de las vías del tren)

II
Dime dónde, dispuesto a todo, no siento remordimiento ni nada que me ate a la casilla de salida. Toda la melancolía se desprende de mí como el capullo de la larva, para dar paso al aire y lo desconocido.
A las pocas horas, ya no lamentaba la partida.
Suelto el freno, dispuestos a partir; con la sola consciencia del presente, y un futuro incierto envuelto en una sábana de niebla, para que no coja polvo y se estropee. Estoy inmerso en vivir, todos los órganos palpitan esperando placeres dulces, lejanos, desconocidos e interpretables.
Corred! Corred cual mascotas amaestradas! Ya no tenéis pasado, os llevo firmemente atadas a mis sienes. Hundiros hasta las rodillas, y cuando queráis más, meted las cabezas en el caldo de la vida, para una mejor ingestión.
Oh pasiones mías, cuántos recuerdos del futuro me evocáis. Me dejaré desgarrar por vuestras insaciables mandíbulas hasta que hagáis de mi papilla, la pulpa de la vida.

24 feb 2009

Interrail (escritos movidos por el traqueteo de las vías del tren)

I
Eran diez las constelaciones que se veían desde el tortuoso cementerio, aquel día de otoño, cuando el Sol rugía entre las venas de los muertos; y tus ojos, se anticipaban a tu cuerpo.
Cuando aulló la nada entre lechos de hormigón y hueso.
Fue un día de plena niebla
cuando encendía su faro la Tierra,
los chirriantes quejidos
se perdían entre las piedras.

De repente se oyó un quejido,
un llanto bajo luz roja
Que de pasión llena la sombra
que de un salto te azota

Se abrió la puerta y luces penetrantes de neón se hicieron notar a través del marco; salíamos de la consciencia para entrar en un mundo de luz.
Torbellinos de color nos rodearon hasta donde la vista puede alcanzar.

23 feb 2009

Tarde de Domingo

Salió como todos los domingos a dar un paseo por el campo. Hacia buen tiempo, cielo gris y la típica luz mortecina de Octubre. Atravesaba solitarias cañadas que le ayudaban a pensar mientras la brisa ligera bailaba con el heno, cuidadosamente empaquetado a su alrededor.
El paso lento, macilento, clavando a cada pisada los tacones en la arena del camino, levantando efímeras nubes de polvo, y mientras, los árboles, se dejaban mecer por el viento, contestándole con un ronroneo de paz.
Todo estaba seco y no había ni un alma de camino al cementerio.
Empezó a comprender que ahora su vida giraba entorno esos paseos, que le solían llevar toda la tarde.
En casa solo quedaban él y un viejo álbum cubierto de polvo que resumía en unas pocas imágenes los mejores años de su vida. Desde que ella murió, no se levantaba todas las mañanas con las ganas que solía.
“Será mejor quedarme a su lado, siempre fue muy friolera”, pensó, de camino al cementerio.

16 feb 2009

Patafísica

Fernando Arrabal, anteayer en la Plaza de Anaya, Salamanca


Subido en el trono que merece, el elegido de Pan se distingue entre la masa que lo adora. La objetividad tiembla conmovida por los numerosos seguidores que le hacen frente. El viaje trascendente comienza, se respiran los aires de una nueva época, un hecho que sólo se encarga de poner en manifiesto el cambio del milenio.
La ciencia comienza a girar alrededor de la excepción, la regla sólo es un lastre, deshagámonos de él! Patafísica reclama con voz cavernosa. Las paredes tiemblan. Ciencia del absurdo. Las orejas se estremecen de miedo al oir estas palabras, ante la hermosura y grandeza de la puerta que le están abriendo a la mente a través del conducto auditivo. Mujeres fértiles le sostienen, cada vez más alto, permitiéndole rozar el cielo con el dedo meñique. Desafiante de la gravedad, acepta la excepción porque él es excepción, descorchando nuestras cabezas, que salen disparadas por encima de los tejados.
No puede dejar de sorprenderse por el cariz que toman los hechos, que escapan de su control, corroborando débiles expectativas. La humanidad grita a través de su garganta, se resquebrajan los adoquines a su paso, la Tierra no puede soportar el peso y se sale de la órbita hasta achatarse como predijeron los presocráticos. Nos riega a todos con su elixir dionisíaco, dispersado por cortesía del enorme falo creador para que podamos soportar su música, y mientras, las féminas, príapos con alma de mujer, danzan a su alrededor dando a luz cambio y creación.
Un estruendo hace temblar la fachada de la catedral, cárcel de nuestras pasiones. Se abre una grieta en la piedra dorada. Todos sabemos que no podrá soportar otra acometida similar. Coge aliento, se prepara, y descarga toda su fuerza contra el templo. Este cae sin remedio y desaparece tras un seísmo abismal.
Nos ha liberado, y se lo agradeceremos siempre.





Fotos por cortesía de: Victorino García.

12 feb 2009

La Dolorosa II

En mi barrio las ventanas son espejos, pero ahora solo reflejan negro y misterio.
Prefiero la noche porque la calle está en silencio, se puede escuchar lo que susurran las alcantarillas, rezumando el agua de lluvia que sobra en la acera. Las farolas tienen luz naranja y la noche no parece serlo, parece una de esas salas donde los fotógrafos exponen sus negativos, donde se masca tensión, donde no solo se revelan fotos, sino el talento de sus autores. Yo ya no tengo de eso, soy como una foto en blanco de tanto ser revelada sin éxito, no irradio luz propia porque nunca la tuve.

Me gusta sentirme del montón. Del montón de los que escuchan, porque nadie tiene nada que decir, y qué mejor que escuchar para pasar el tiempo.

Quizás otro café mantenga los párpados en su sitio.

Nunca me había fijado tanto en los pequeños establecimientos que adornan la calle. Se reflejan en los charcos naranjas del suelo, recordando a fantasmas volátiles que se esfuman tras una simple pisada. Tiendas antiguas que venden restos de otra civilización, testigos del cambio, pero férreamente agarrados a su época. Son los que mejor se mimetizan con los adoquines amarillentos; que dan fortaleza a la ciudad, dotándola de un color evocador del pasado más lejano.
Bares, cafeterías distinguidas, la luz eterna de la tienda de bocadillos, que absorben más alcohol de madrugada que el suelo de la discoteca; tiendas donde puedes encontrar cualquier cosa que busques, y entre el puesto que huele a aceite (si se le puede llamar así) y el quiosco de la esquina, una funeraria sombría, que succiona el aliento de los viandantes, ebrios en su mayoría.
Mi propia voracidad me consume, el deseo de evolucionar hacia horizontes insospechados, malos o buenos, más allá. No tengo paz, porque no me quiero preparar para la guerra, me niego, afirmo, pero me niego. Solo un pequeño trozo de materia deglutiendo cafeína, como un repugnante gusano baboso.
Es curioso, los escaparates reflejan mi silueta. Puedo ser el maniquí sin manos, o la mujer de pechos duros como la piedra. También puedo reflejarme en la mirada de aquel hombre, ¿por qué no?
Siempre me ha intrigado la extraña forma de vivir que tienen los mendigos, ajenos a todo sistema, aprovechándose del clima de mala conciencia que se crea a las puertas de una iglesia. Hacen bien, distinguiendo a los verdaderos fieles de los que solo aparentan serlo. Quizás los más creyentes sean aquellos que le llenan la gorra de céntimos, quizás no. Poco importa eso, las limosnas solo distinguen.
Él vive tranquilo en el rincón de calle, su aliada. Las paredes le protegen del viento mistral, la pastelería le deja embriagarse con aromas de exquisitos manjares, y de vez en cuando alguien piadoso le da lo suficiente como para poder calentarse con un cartón de vino recién exprimido, directamente del supermercado más cercano a sus manos temblorosas y encallecidas. Me gustaría estar en su pellejo, no medir las consecuencias, simplemente aceptarlas como parte de uno mismo. Su piel se asemeja a una coraza, dispuesta a soportarlo todo. Parece que no necesite comer, ha aprendido a dominarse, ahora forma parte de la ciudad, y es tan fuerte como sus reforzadas murallas añosas.
Vuelvo a casa. El despertador debe estar sonando por pura costumbre, pero hoy no tiene sentido su timbrazo porque esta vez no interrumpe ningún sueño, no hay nadie que le escuche chillar como un grillo agónico, representando la conciencia implacable que me aturde todas las mañanas. Por lo menos he tenido un momento de soledad, despreocupación, me he sentido fuera del sistema, como el desvalido vagabundo, cuyos pasos van dibujando el camino; y eso es algo que no se puede pagar con dinero.

9 feb 2009

Poesía

Langostas, tórtolas y alcantarillas.
Crustáceos sebáceos, cebados por el polen de flores rotas.
Colores entintados, almindonados con hormigón, armado con furia.
Ojos, relámpagos, truenos incandescentes, llamaradas chispeantes y el calor de tu sombra.
El olor de tu sombra. Las orejas manchadas por un pelo despistado, sazonado con pasión de manicomio.
Y el calor de tu sombra.
Cuéntame más de la oreja perfecta, de esa forma de concha que serpentea hasta tu infancia, llena de columpios e ilusiones; ríete y déjala sola en su belleza, que se apiade de la sonrisa que perpetra un crimen contra la falda.
Dime más, necesito alimentarme de tu aliento.
Necesito fuego,
quiero quemarme hasta volverme negro,
como el carbón,
solo así podré soportar la luz con que me riegas desde lo alto.

8 feb 2009

La Dolorosa I

En mi barrio las ventanas son como espejos, las calles anchas, rectas, sin espacio para el delirio. Un mar de edificios camaleónicos que lo mismo se vuelven día como noche, reflejando los últimos vestigios de un sol agónico, un sol en peligro de extinción. La sombra que proyectan es inmensa y marca el camino a seguir, mientras la luz lucha, con un ataque de rabia, impotencia, desesperanza.
Mi vida durante el día se reduce a cuatro paredes y una ventana minúscula para poder respirar, cuyas vistas fueron absorbidas por el teclado hace tiempo. No descanso, no quiero tiempo para mí porque sé que lo desperdiciaría, la única tregua que me permito es conducir a través del enorme puente que separa la oficina del cuchitril donde vivo. Ese puente me ayuda a sobrevivir, me hace sentir libre mientras cruzo el océano deprisa, el viento rozando la cara y la música en la radio que no deja de sonar. Me dejo llevar por ritmos palpitantes y entonces dejo de pensar en las teclas que me absorben; negras como el alquitrán que queman las ruedas del automóvil a su paso. Siempre necesité del mar, pero ahora que lo tengo, intento no prestarle atención, paso de largo para que no se acostumbre a mí, que guarde la paz que me tiene preparada para otra ocasión, no la quiero.
No quiero viajes ni descanso, con el calor de la estufa abrasándome las piernas en contraste con el frío antártico que asoma por la ventana me basta. He alcanzado el equilibrio, el cambio, el ciclo que me arropa a todas horas, y por nada del mundo saldría de ese torbellino de humo negro. O eso me gustaría creer. No tengo tiempo para pensar, y eso me ayuda, pero últimamente mi cabeza descarga una nube de palabras contra la almohada. Hace una semana que no puedo dormir, no concilio el sueño; y cuando por fin mi conciencia se rinde al subconsciente, la tregua no dura más de dos horas, por lo que me levanto frenéticamente cansado a base de café solo.

-Dígame lo primero que se le ocurra.
-Flores en un jardín circular rodeado de agua. Un mar con playas de arena blanca, cocaína quizás. La libertad de un preso. El primer rayo de luz que le ciega al salir.
-Es suficiente.
El psiquiatra no me ayuda, no logra someterme a su hipnosis, no puede penetrar hasta el fondo de la materia gris. Quizás fuera más fácil con un martillo hidráulico, le dije. Se echó a reir y me recetó unos somníferos al tiempo que repetía una y otra vez que tenía una agenda muy apretada. Claro que estaba apretada, los hoyos del campo dejaban el tratamiento de brotes psicóticos para otra ocasión. No volví. Esa misma noche tiré todas sus sucias pastillas al váter tras intuir un dulce sabor a placebo. Me arrepiento de haber entrado en su despacho, de haber olfateado ese asqueroso olor a consulta, de haber tenido un momento de debilidad y haber creído que pudiera necesitar ayuda. Me siento sucio. Ya no tiene sentido la máscara de indiferencia que cubría mi rostro, marca de bienestar disimulado. Tengo que exteriorizar mi agonía, pero no sé cómo. El calor se hace insoportable. Todo mi cuerpo rezuma suciedad. No puedo seguir pegado al colchón, necesito dar un paseo, necesito cambio.
La necesito.

5 feb 2009

El Mono Sentimental

El mono sensiblero decide quedarse en la cueva, escuchando los sonidos grabados por otros monos como él, leyendo escritos de sus semejantes y respirando el mismo aire una y otra vez. Ya no le atrae el cambio de ambiente, charlar con simios que no sean como él (nadie, excepto el papel), salir de caza o pescar en el río. Prefiere reflexionar sobre el porqué de su gran cabeza, cubierta cada vez por menos pelo y más pelusa, adornada con un par de parásitos que no saben de dónde chupar. En fin, disfruta más viendo a sus compadres retozar en el campo desde la ventana en alto, o eso le gustaría creer. Lo cierto es que no sabe retozar, no puede, le echarían a patadas de ese edén de ignorantes. Se engaña a sí mismo, quiere creer que ellos son los que ignoran, que él es mejor que ellos, que los contempla desde las alturas. Pero mama naturaleza no perdona. Su espíritu se retuerce, como hacen los sanos músculos de sus compadres. Su espíritu está enfermo, no debiera contraerse y expandirse de esa manera. Debiera morir, pero su enfermedad le ayuda a engañar, aprovecharse de todos, de la fuerza honesta y humilde. Es una enfermedad contagiosa.
En la sombra de la cueva, el mono pinta un cuadro.

3 feb 2009

Papaver Somníferum

Estas paredes me han visto nacer y morir. Limitan el limbo del que no puedo escapar y al que me aferro para poder sentir a los dioses, solo un poco más arriba. A veces les hago una visita, pero a cambio tengo que pagar con un pedazo de mi vida. Al fin y al cabo, de qué me sirve eso aquí abajo. Me la arranco a trozos que se escapan por mi boca, blancos y serpenteantes.
Aun me queda para otra pipa. El humo entra como agua en la garganta del sediento. Ya no siento esos mareos y vómitos de las primeras veces, he dominado mi cuerpo.

-Creo que a ti no te conozco.
-Claro que no me conoces, soy tu no ser, soy tú cuando dejes de existir.
Pausa larga y contemplación.
-Pues te pareces mucho a mí.
-Ese no es mi problema.

El templo al fondo. Un paisaje tan transparente como la piedra que me llevó a él. No deseo más que quedarme aquí tumbado oyendo el rumor del agua en este delicioso estado de vigilia. El opio ordena mi mente, ahora todo empieza a cobrar sentido.
Árboles altos y verdes, todos diferentes y separados, uno de cada especie, dejando entre medias césped recién cortado. Un río limpio fluye, primero cascadas desde la montaña rocosa del centro y luego a través de la planicie del bosque. Parece imposible que pueda haber corriente en el llano. El olimpo se yergue como en el libro de historia que tenía cuando niño, de mármol blanco, impoluto; un panteón circular que destaca sobre las rocas grises de la montaña, moldeándola desde arriba, convirtiéndose en la nueva cima.

-¿Y qué se siente?
-No sé sentir.
-Déjame disfrutarlo.
La silueta, mi sombra, se empezó a mover con total autonomía y me envolvió en una nube negra. Mi vista desapareció, la música, el olor a carbón, el vapor áspero, mi lengua…

Yo era el fallo del paisaje. Todo tan bello. Necesitaba subir para verlo todo a la vez. Me apoyo en las rocas mojadas que me hacen caer, resbalando hacia arriba. Ya no hay gravedad, siento que me elevo y salgo de mi letargo, inevitablemente, sin compasión. La nube onírica se disipa para dejar paso al techo de vigas carcomido y una vida más corta y pobre. La morfina deja muy poco tiempo para pensar.

Tierra labrada gracias a llanto y dolor.
Dunas de quietud horrible, casi muertas.
Surcos vacíos de esperanza.
Velo de tela opaca que se desliza entre montes, desprovistos de vida.
Tierra seca, yerma, consumida.
La luz del candil se refleja en ella cambiando de sitio las sombras, dando movimiento al color muerto. Mis pectorales antes robustos se mecen entre una maraña de huesos, que no llegan ni a carroña para el buitre más hambriento. Los minutos pasan lentos y mi tórax protesta, ansía el veneno negro para poder sentirse vivo; ya ni se esfuerza en respirar.
La luz del candil tiene un halo diferente, que me incita. Sé que entre mis andrajos todavía me queda algo para pasar la noche, un anuncio de salvación. Aquí están, clavándose sin suerte en los huesos de la cadera, los mejores pendientes de mi mujer. Con ellos por lo menos tendré para un día más de sombra.

Empiezo a escuchar un bajo sutil, una batería lo intenta seguir. De sobra sé lo que esto significa. Olor a incienso, felpa, un escalofrío recorre mi cuerpo al no poder disfrutar de tanta suavidad a mi alrededor. Me envuelve un terciopelo negro. De repente de la tela se abren dos grandes ojos amarillos que me ciegan.
-Demos un paseo.
Hace un Sol tranquilo, que proyecta las figuras haciéndolas más grandes, confiriendo seguridad. El acompañante presenta mi espacio. Es un jardín sin límites, con varios caminos delimitados por arbustos pequeños que no se deben superar por educación. Todos los caminos, en contra de las apariencias, llevan al mismo sitio, aunque los hay tan enrevesados que acaban haciendo espirales y círculos y de los que es muy difícil salir. Otros tienen zonas oscuras, peligrosas, que de solo mirarlas cualquier ser humano sentiría el dolor del desarraigo, dulce.

Ves como se mecen, lento, sin tu poder hacer nada.
Solo verlos marchar al ritmo de la música.
Ves que se desliza, no poder hacer nada, el entramado de sublimes mentiras que le habías preparado, lento, se desvanece como charcos de lluvia en la mañana soleada.


Ahora todo es amarillo y sigo con el paseo. Es un día tranquilo y solo se oye agua y viento. La tierra y el fuego llegarán pronto.

1 feb 2009

Génesis (1, 27-31)


"Dijo entonces Dios: hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza para que domine sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo. Y creó Dios al ser humano a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó."



¡Mmm! ¡Ah! ¡Verde! Tú eres el que se funde en el candor de la mañana con mi piel. Das a luz con maestría y esperanza, con inocente belleza. Sí, guíame, iré hasta donde tú me lleves, quiéreme, atravesemos el campo de flor, demos paso a mi instinto simiesco. ¡Qué tranquilidad azul y verde! Quizás si los mezclamos nos de violeta.
No hay angustia ni recogimiento, pero tengo algo en mí. Algo que me dice que así no avanzo, que me arranca sin piedad de la pradera.
Verdinegra. ¡Qué confusión! Yo no quiero ir, pero no tengo más remedio. Necesito explicaciones, ya no basta con disfrutar sin más, tengo que regodearme en mi superioridad, amar dominando.
Ya se van, diles adiós; el prado verde, el azul limpio, las nubes claras, la flor sin suerte. Ahora yo soy el más fuerte. Soy el que puede destruiros y volveros a crear. ¡Ah, incrédulos! Tened fe en la humanidad, pues ¿acaso no es suficiente prueba tanta historia y tanto bien? Ensalzar la naturaleza es ir contra el hombre. Basta de mitificar el verde. ¡Que viva el gris metal! ¡Y las ventanas que imitan al cielo en la tierra! ¿O acaso no es delicioso el olor del bosque artificial al atardecer? Los niños corren sin peligro, no son presas ya, sino depredadores que comen de todo sin escrúpulos. Corred bellas flores, corred. ¿Decíais algo? ¿No podéis? ¡Ja, ja, ja! Honrad al hombre pues, la perfecta maravilla. Cómo, me pregunto, de algo tan vil y tan abyecto ha podido surgir tamaño portento. Será porque somos Dios, los sumos creadores, que avanzamos con y contra las mayores atrocidades naturales para cambiarlas de nombre. Ahora el adjetivo es humano. La naturaleza pasó a un segundo plano hace ya tiempo. La hemos aplastado bajo yugo de hierro, no tardará en morirse asfixiada. Dulce dominio, yo te alabo por encima de todas las cosas.

Industria, abandono. Mi canto se esconde entre vacíos y los hace temblar con un hilo de voz.

¡Oh! ¿Pero qué es esto que me sale de la mano? Me despierto con un gris que se extiende por el brazo, una mancha. Es la corrupción, la ira (ella me lo ha dicho). El instrumento que antes dominaba está comiéndose mi piel. Pero, dónde está la luz. Todo es oscuro. Negro con toques de óxido rojo, naranja, mugriento. ¿Y el sonido? Solo el ruido de un enorme taladro, un eterno acople que se torna música celestial. FFFFFFFFF.
Todo yo soy metal oxidado. Me corrompo. Mis genitales ahora duros y fríos ya no sienten ese extraño placer de antaño, inexplicable. Tubos y tubos que nadie sabe a dónde van, un entramado sublime que forma la figura geométrica más perfecta, y en el centro mi estatua de óxido que se vuelve polvo. Industria, abandono. Mi canto se esconde entre vacíos y los hace temblar con un hilo de voz.

Siento respeto por ti, dulce opresor. Soy tu cómplice. Yo necesitaba destrucción pero al menos no te he dejado un legado verde.